"Tromba de agua": la experiencia de la revista de pensamiento crítico Alfaguara. Entrevista con Fernando Moyano*

 

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Cómo surge la iniciativa de Alfaguara? ¿Qué objetivos se planteaba y de donde procedía los compañeros que encarnaron el proyecto?

 

Fernando Moyano (FM): Antes que nada, nuestro agradecimiento a Hemisferio por este espacio.

 

La crisis ideológica de nuestra izquierda, el desconcierto, no vino de un día para el otro, tuvo varios momentos. A principios de los 90, un grupo de compañeros nos fuimos sintiendo cada vez menos motivados en los ambientes políticos en los que habíamos venido participando. Comenzamos a reunirnos simplemente para tener un espacio para intercambiar ideas diciendo lo que pensábamos sin importar si caía bien o mal, si “ayudaba” o no a un objetivo político concreto. De allí surgió en 1991 un proyecto colectivo que llamamos “Centro de encuentro y estudios Carlos Marx”, que fundamos el 5 de mayo, porque éramos todos de inspiración marxista aunque muy diversos y de mentalidad abierta. En el núcleo fundador había inicialmente varios “disidentes” del recién fundado MPP, pero rápidamente se sumaron varios compañeros de largas y diversas trayectorias y muy alta capacidad, era un grupo pequeño pero muy calificado y eso atraía a otra gente calificada. Aunque nunca fue un “cenáculo”, siempre se tuvo una actitud igualitaria con todos. Y nuca fue un grupo de intelectuales sino de militantes.

 

Pensando en tener una herramienta de trabajo político y teórico, decidimos comenzar a editar una revista. El nombre “Alfaguara”, voz española de origen árabe, surtidor, tromba de agua, manantial que surge con violencia, fue sugerido por Washington Estellano, un sociólogo investigador y docente que años después se fue a vivir a Bolivia.

 

Nuestros objetivos anduvieron siempre por dos carriles paralelos pero diferentes. La crítica en el acontecer inmediato, y la construcción teórica a largo plazo. Tuvimos nuestros colaboradores destacados tanto a nivel nacional como internacional. Los temas políticos los marcaba la agenda de la coyuntura, los temas de profundización teórica no tenían agenda, respondían a las inquietudes de los autores, y abarcaron aspectos históricos, económicos, sociales, filosóficos, etc.

 

 

HI: ¿Cuáles fueron las dificultades principales que tuvo que afrontar la revista en curso de su existencia?

 

FM: Podemos agruparlas en dos: precariedad de recursos materiales, y dificultades políticas internas, estas últimas fueron aparecieron con los años.

 

Las dificultades económicas eran debidas a ser un grupo pequeño e independiente, pero también, creo, a nuestra torpeza organizativa. En parte eran paliadas por el gran desempeño de Mario Jaunarena que recurría a su inagotable “colección de amigos”, tan grande como lo era él como persona. A su vez Mario se oponía firmemente a aumentar el precio de la revista porque tenía que ser una publicación popular, y se mantuvo siempre en unos 2 dólares, sin publicidad. Se sintió entonces la pérdida de Mario y su compañera de toda la vida, Yenia Dunmova, en el 2000. Un hecho trágico, pacto suicida motivado por un cáncer terminal y principio de Alzheimer de Mario y la decisión de Yenia de no continuar sola. Obviamente, la dificultad financiera fue lo de menos, ante el impacto emocional que nos dejó esa pérdida.

 

Las dificultades fueron apareciendo gradualmente. Primero ocurrió lo que yo llamaba “crisis de éxito”. A medida que las cosas cambiaban, ese rejunte de marginados de todos lados empezó a ocupar nuevos lugares y tomar diferentes tareas y compromisos en el movimiento político y social, eso nos creó dificultades prácticas porque éramos un grupo muy pequeño.

 

Las diferencias políticas también comenzaron, pienso que a partir de lo mismo. Éramos un grupo diverso unidos por el amor a la diversidad. Pero ese amor también era diverso. Algunos compañeros, con el tiempo, tendieron a pensar que el compromiso con la construcción de un “polo radical” en la izquierda uruguaya debía primar sobre las inquietudes intelectuales de los participantes, y otros que esas inquietudes intelectuales eran la razón de ser de la revista. La discusión fue larga, complicada y desgastante. Terminó primando ampliamente la segunda concepción, y los compañeros de la primera, que no eran tan pocos, se retiraron. El trabajo continuó. Luego vino la muerte de Mario y Yenia. Continuamos. Luego vino una nueva ruptura política con un hecho curioso: la posición teórica tal vez más “izquierdista” asumió la posición política más “de derecha” de nuestro espectro, y se alejó. La superposición de todos esos problemas recrudeció las dificultades económicas y organizativas.

 

 

HI: ¿Qué balance harías de la experiencia?

 

FM: Los logros compensan largamente las dificultades y los esfuerzos, las mieles largamente las amarguras, y no es cierto que estén muertas. Esas cosas no mueren, y esto no es una frase. Un balance de esto es imposible pero digamos algunas cosas importantes.

 

En primer lugar tenemos esa disyuntiva a la que hicimos referencia, que en última instancia es la alternativa entre prensa partidaria y prensa plural, y por lo tanto no partidaria en sentido estricto. Sobre eso, la experiencia vivida no deja lugar a dudas. Nuestro lema sería “No buscamos conocer las respuestas sino entender las preguntas”, sobre todo en este tiempo en que hay muchas más preguntas que respuestas y las respuestas no sirven de mucho. Soy firme partidario de los partidos, para hablar en redundante, pero los partidos no caen del aire sino que llegan una vez que se ha logrado construir las convicciones.

 

En segundo lugar, una revista es una herramienta exigente, y también de enorme rendimiento. Hay unos versos de Machado en “Proverbios y Cantares”: “Despacito y buena letra / El hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Alfaguara se propuso ser buena letra en el buen sentido, esforzarse en ser una revista legible y leída, interesante, clara, comprensible, con estudio e investigación, con opiniones diversas y discusión. No es fácil, sin duda no siempre lo logramos, y en el mejor de los casos quedamos a mitad de camino, pero el camino se hace al andar. El papel impone sus condiciones, el espacio no es infinito, la letra no puede ser minúscula porque el lector no la puede ampliar, el diseño importa. Hay que tener ilustraciones, y si hay que tenerlas, mejor que sean buenas. Además hay que trabajar con autores de mentalidades y formaciones diferentes y convencerlos amigablemente a que sigan pautas coherentes. Pero todas esas dificultades tienen su compensación. Al papel se lo reconoce, se le da su papel, para seguir siendo redundantes.

 

Además tuvimos los encuentros y seminarios que se crearon en torno a la revista, y los intercambios internacionales entre revistas. Nos abre al mundo. Casi espontáneamente nació en 1995 el Encuentro latinoamericano de revistas marxistas y realizó encuentros anuales con seminarios de investigación y debate, rotando en distintas ciudades del Cono Sur, hasta que el encuentro previsto para 2002 en Buenos Aires resultó imposible debido al “estorbo” que hubo en Argentina en ese momento. Además los encuentros que hubo en Francia en 1995 y 1998, los intercambios con revistas de Nuestra América, EEUU, Europa incluyendo Rusia, Australia, etc. Los vínculos que quedaron con marxistas de distintos lugares del mundo, algunos de ellos los pudimos traer alguna vez a Montevideo y de no ser por nuestra actividad nunca hubiesen venido (como el ruso Boris Kagarlitsky y el británico Alan Freeman). Conocer y difundir trabajos de primera importancia de investigadores marxistas cuando se iniciaban, como la de John Holloway o Robert Brenner. Y participar en encuentros marxistas de primer orden, el de París de 1998 por los 150 años del Manifiesto Comunista. Todo esto no era para tenerlo para nosotros, era para compartir, evaluar y discutir, además de intercambiar con otras partes del mundo y hacer conocer lo que ocurre en Uruguay. En el extranjero Benedetti y Galeano nos abrían la puerta, detrás metíamos a Trías, Quijano, etc., y en el borbollón entrábamos nosotros. Sin la revista, todo eso no hubiese sido posible. Y aunque la revista ya no existe, mucho de eso quedó.

 

Y además de todo eso, abrirnos la cabeza.

 

 

HI: En la actualidad, por diferentes razones y circunstancias, a las izquierdas les resulta muy difícil proponer y abordar temas relacionados con las vías para la superación del capitalismo. ¿Qué elementos o nudos problemáticos deberían formar parte de un programa de pensamiento estratégico de transformación profunda del Uruguay actual?

 

FM: Primero que nada, no habrá ninguna transformación profunda del “Uruguay insular” como lo llamaba Quijano. No hay ninguna posibilidad. Lo que tenemos que pensar es en la transformación social profunda de Nuestra América, y la integración de Uruguay a ese proceso. Por supuesto que los ritmos son diferentes, pero hay que levantar la mirada. Y a partir de esa integración pararse en el mundo, que hace tiempo que nos mira esperando de nosotros.

 

En cuanto a la superación del capitalismo, nuestro problema principal sigue siendo la ausencia de un proyecto socialista para el mundo y para hoy. Ese obstáculo no desaparecerá si no hacemos una revisión crítica del pasado.

 

Luego del colapso de la URSS me decía una vez Mario Jaunarena: "El problema es que la crisis del capitalismo mundial es tan grande y los problemas que tenemos tan urgentes, que los comunistas que cayeron en Europa del Este van a volver al poder demasiado pronto, sin haber hecho ninguna autocrítica, y entonces van a hacer las mismas cagadas que hicieron antes".

 

Mario se equivocó en cuanto al escenario concreto pero no en el problema general. En Rusia y Europa del Este el agujero que dejó esa caída es demasiado grande, y los que llegan son los “hermanos menores” de la Nomenklatura, como Putin, con un programa que es una simbiosis de “lo peor de ambos mundos”. En otras partes del mundo, y es el caso de nuestro continente o el mundo árabe, el eco del colapso del llamado “socialismo real” se superpuso a otros colapsos propios, y también la crisis de las formas tradicionales de la política burguesa. Entonces, con los problemas acuciantes de la decadencia de la civilización capitalista, emerge todo un entrevero de proyectos políticos de corto alcance y sacados a las apuradas de cualquier lado, contradictorios, a medio construir, muchos de ellos reaccionarios pese a la apariencia progresista. Son hijos de la desesperación, del oportunismo, y de la necesidad de contención.

 

No sé, entonces, si acaso es tan difícil abordar un camino anticapitalista, o lo difícil es abandonar lo fácil, o aparentemente fácil, de subirse al primer tranvía que pase. Y así tenemos ese panorama al que ustedes hacen referencia.

 

Lo urgente no deja lugar a lo importante, pero hoy lo urgente es recuperar la dimensión de lo importante. Entonces, en forma muy esquemática - para no desaprovechar este espacio que me han dado, más tratándose de este proyecto que tiene tantas cosas similares al nuestro – van algunas ideas.

 

Es obvio que hay una gran diversidad de problemas, luchas sociales y actores diferentes que sólo más o menos convergen. Esta diversidad no es invento de nadie, ni producto de la confusión ideológica. Más bien esa confusión es producto de lo complejo de los problemas y de la insuficiencia de nuestra forma de comprenderlo.

 

Hoy más que nunca primero las preguntas. Sería absurdo pensar que ya tenemos una cosmovisión que puede dar cuenta de todo antes de que se desarrollen los procesos históricos mismos, aunque sabemos que hay en la izquierda que ustedes mencionan quienes piensan exactamente eso, y dicen que eso es el marxismo. “Sería hacer ciencia antes de la ciencia”, dijo precisamente Marx, y si tiene sentido llamar así al materialismo histórico deberíamos entender que no puede ser una ciencia antes de la ciencia.

 

Aprovecho, ya que dije “ciencia”, para referirme a las objeciones que se hacen hoy a la denominación “socialismo científico”, porque esa pretensión quedaría desmentida por los errores y falsas profecías. No le encuentro sentido a esa idea, nunca hubo ciencia infalible, su historia es una sucesión interminable de errores y falsas teorías. Las previsiones fallidas fueron siempre fuente de nuevos descubrimientos. Hubo una previsión fallida, analicémosla entonces en vez de tirar el método científico.

 

Tenemos antes que nada dos problemas ineludibles. Nuestra sociedad actual ¿tiene o no centralidad del trabajo? Nuestra teoría debe dar cuenta de la complejidad de nuestra sociedad y de los sujetos sociales del cambio, pero si hay centralidad del trabajo deberá haber centralidad de la clase trabajadora en el cambio social, aunque también hay que redefinir el concepto de centralidad y el de clase trabajadora, a partir de lo que realmente es hoy.

 

Y el otro problema, en el que estamos muy atrasados, es el del trabajo en sí mismo. Los proyectos socialistas históricos fracasados han heredado del capitalismo el concepto verticalista del trabajo, y por lo tanto también la alienación del trabajo, creo que eso está en la base de todas las alienaciones “socialistas” que vivimos. Cuando se habla de “trabajo creativo” como una novedad se está diciendo una tontería porque el trabajo es una actividad humana creativa por definición. Una revolución de los trabajadores es imposible sin una revolución interna del trabajo, una desalienación del trabajo.

 

Un gran abrazo a Hemisferio, continúen.

 

 

*Investigador y militante político. Fue coordinador de la revista Alfaguara y la publicación electrónica La lucha continúa, fue también fundador del Encuentro Latinoamericano de Revistas Marxistas. Es colaborador de varias publicaciones y centros de debate.

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