Problemas en el saber convencional crítico*

 Ilustración: dibujo de Nelson Romero

 

Estuve aquí hace 5 meses intercambiando ideas sobre el tema de este encuentro. En aquella oportunidad di mis pareceres sobre la crisis político-electoral de los gobiernos llamados progresistas. No voy a repetir esos argumentos pues aquella intervención será incluida en las memorias de este seminario.

 

También manifesté que el desconcierto que se observa actualmente es, en buena medida, resultado de que durante varios años los análisis serios fueron desplazados u opacados por la propaganda. Podemos admitir que, en algunos casos, se buscaban apoyos a esos procesos o se quería generar un contagio de entusiasmo entre los pueblos gobernados por la derecha. Pero condujeron a la perplejidad del presente. También en muchas opiniones actuales sobre las crisis político-electorales hay bastante superficialidad. Y observamos cómo algunos analistas critican hoy lo que antes exaltaron, en giros de 180 grados, sin hacer explícito ese cambio de opinión, como debería ser en honor a la seriedad intelectual, lo que tendría un alto valor didáctico.

 

Los momentos candentes del cambio de coyunturas políticas son propicios para el predominio en los análisis del tiempo muy corto, el de los acontecimientos. La acción política lo requiere, sin duda, pero a condición de no perderse en el anecdotario.

 

Desde hace mucho tiempo vengo manifestando mi preocupación por lo que considero insuficiencias y errores en el autodenominado pensamiento crítico. Lo expresé aquí en Bogotá en 2007, en el 40 aniversario de CLACSO. La investigación de estos años me ha dado mayor certeza al respecto. He llegado a la conclusión de que se ha generado un saber convencional en las ciencias sociales autodenominadas críticas que está basado en fundamentos equivocados. Este “mainstream de izquierda” en las ciencias sociales opera como una zona de confort, con algunas ideas de las que se echa mano para todo, usadas casi como consigna. Es cómodo para mantenerse en el candelero de la “opinología”, pero no explica adecuadamente la realidad, y particularmente no explica las importantes transformaciones ocurridas en este nuevo siglo en la reproducción del capitalismo en América Latina. Lo que ha tenido, y tiene, efectos prácticos.

 

Esto vuelve a hacer eclosión en el modo de pensar esta coyuntura. Es muy sorprendente cómo ahora se hacen afirmaciones sobre el neoliberalismo en los mismos términos de comienzos de la década de los noventa, como si nada hubiera ocurrido desde entonces y, para peor, como si nada se hubiera aprendido en todo este tiempo.

 

Esto confirma que hay un “pecado original” en ese saber convencional, que es el haber aceptado como válida la retórica de los dominantes en la caracterización del neoliberalismo. Que hicieron que se pensara al neoliberalismo como una política económica: el monetarismo recesivo; como Estado “mínimo”; como desinterés por lo “social”. Tomando esa caracterización como válida, se asumió por contraposición que si se aplican políticas económicas no recesivas, si se aumentan las funciones del Estado, o se desarrollan políticas sociales que contemplan formas de organización colectiva, se ha salido del neoliberalismo. Es así como se ha planteado el “posneoliberalismo”, y con esas falacias es que se dice ahora que “se vuelve” al neoliberalismo.

 

Y así se ha perdido de vista que el objetivo de la reestructuración capitalista denominada neoliberal es la restauración del poder irrestricto del capital y sus ganancias, y que para alcanzarlo la estrategia contempló, desde sus inicios, su ejecución mediante distintos medios, con distintas tácticas. Aquella caracterización del neoliberalismo, que fue aceptada por el llamado pensamiento crítico, fue impuesta retóricamente por los intelectuales sistémicos para justificar la fase de demolición del régimen de acumulación anterior y de sus instituciones, particularmente las que reconocían derechos colectivos que restringieran la apropiación empresarial de plusvalor. Esa es la función primordial de las políticas monetaristas recesivas, que mediante el desempleo buscan hacer arrodillar a los trabajadores para reducir sus salarios directos e indirectos e imponerles relaciones laborales que garanticen una mayor apropiación de valor de trabajo impago. Con este propósito es que sólo se reduce el gasto público que solventa derechos colectivos que devuelven valor a sus productores y sus familias, no así el gasto público destinado a fortalecer económicamente al capital y su seguridad. Una vez logrado esto, la estrategia siempre contempló una siguiente fase de estabilización, cambiando las políticas económicas y procurando nuevos consensos sociales y políticos.

 

Lo que aprendimos con la investigación es que la reestructuración del capitalismo no se hizo en un solo acto, que se fue ejecutando con distintos medios para ir controlando políticamente los efectos de su aplicación. Ha habido varios momentos de demolición y estabilización para hacer avanzar a estadios superiores la reestructuración del capitalismo en América Latina. Buscando siempre construir consensos más sólidos. Todos y cada uno de esos momentos de demolición-estabilización han sido en sentido estricto ajustes. El saber convencional identifica “ajuste” sólo como “ajuste fiscal”, sólo ahí ve “neoliberalismo”. Pero ha habido ajustes que han producido transformaciones permanentes para fortalecer al capital, en estadios superiores, que se han hecho con expansión del gasto público.

 

Los ajustes se llevan a cabo montados en las crisis. Las crisis económicas son usadas como excusa para justificar nuevas acciones de demolición, como peldaños para ascender en la reestructuración, por eso el capital las ve como “oportunidad”. Cuando provocan acciones de protesta que puedan llegar a afectar la dominación, buscan nuevos medios para estabilizarla, cambian las tácticas.

 

El Estado es un instrumento central tanto para la demolición como para la estabilización. Para la estabilización las funciones del Estado son más sofisticadas en la reconfiguración de la sociedad, en la construcción de nuevas mediaciones, en el uso de la retórica. Su eficacia es directamente proporcional a las falencias del “mainstream crítico”.

 

En cada momento de cambio táctico pareciera haber fuertes debates al interior de la clase dominante, al menos son muy estentóreos. Los promotores del cambio de táctica para estabilizar presentan sus propuestas como “alternativas”. Con un ejercicio supremo de retórica nominalista, a la táctica anterior, de demolición, la presentan como “el neoliberalismo”; a la nueva táctica de estabilización la presentan como la “superación del neoliberalismo”. Hace muchos años yo llegué a pensar que de verdad era un debate fuerte para convencer a ciertas fracciones dominantes de que la nueva táctica es la más eficaz. Pero estudiando más a fondo cómo elaboran de manera colectiva los personeros de la táctica anterior junto con los personeros del cambio táctico, llegué a la conclusión de que en esos aparentes enfrentamientos hay, sobre todo, un manejo político: mientras unos aparecen como una derecha neoliberal rancia, los nominalmente críticos del neoliberalismo se presentan como una oposición de “tercera vía”, de modo tal que la izquierda vea en ellos a posibles aliados en una lucha viable contra aquellos “neoliberales”. Para ello se juega con el recurso de la tríada.

 

No es que no existan enfoques doctrinarios o teoréticos diferentes entre unos y otros, de hecho eso es lo que hace a la tríada creíble. Pero comparten el objetivo, que es la elevación de las ganancias del capital como condición sine qua non de la estabilidad del sistema. Los dominantes piensan estratégicamente, son flexibles en los medios e inflexibles en los objetivos. No es irrelevante para la vida de la gente que se adopten unos medios u otros, pero eso no debería conducir a confusiones políticas: los estabilizadores no pueden ser vistos como aliados. Muchos de los que en determinadas coyunturas son ejecutores de la estabilización, fueron ejecutores de demoliciones en otras coyunturas; o a la inversa. En cada una han ocupado un lugar distinto en la geometría del espectro político, jugando más a la derecha o más al centro. No es que sean fuerzas políticas “nuevas”, sino que ejecutan tácticas diferentes. Ahora desde filas de la izquierda se dice que hay una “nueva derecha” en Brasil, en Chile, y lo que siga. ¿Es “nueva” por poner en marcha un cambio táctico?

 

En Chile, cuando el régimen dictatorial aseguró su proyecto refundacional mediante la Constitución de 1980, que era parte del cronograma para estabilizar la reestructuración con un régimen de concertación, de las filas pinochetistas surgió un sector que se llamó a sí mismo “nueva derecha” para legitimarse como actor de la negociación. Se presentó como una derecha liberal, o demoliberal, aunque había sido ejecutora de la fase anterior que se hizo con dura represión.

 

Hoy día, en Brasil, para mantener los niveles de ganancia a los que estaban habituados los grandes empresarios con los gobiernos petistas, exigen acelerar el “ajuste” para aumentar las transferencias estatales al capital. No es sólo un ajuste fiscal, también plantea reformas constitucionales contra derechos laborales. Pero se presentó como ajuste fiscal desde un comienzo (junio) con la Propuesta de Enmienda Constitucional (PEC) 241 de Temer. Que plantea congelar el gasto corriente durante 20 años, sólo actualizado por inflación pasada, lo que supone congelamiento de plazas y salarios públicos y del presupuesto en salud y educación hasta el año 2037, sin afectar pagos al capital financiero y financiamiento a asociaciones público-privadas, entre otros. Es una propuesta maximalista para marcar la cancha de la reconfiguración del escenario de partidos. Al Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) le tocó ejecutar la tarea, y aparece ahora como a la cabeza de la mentada “nueva derecha”. ¿Ahora son neoliberales y antes no?

 

Siempre fueron misóginos, racistas, clasistas, unos más que otros. Pero también fueron el núcleo de la oposición oficial a la dictadura en el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), desde donde dirigieron la transición entre regímenes. Son el origen del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Aprobaron la Constitución de 1988, tan celebrada por la izquierda por sus cláusulas garantistas. A finales de los noventa desempeñaron el papel de centro político frente a los gobiernos del PSDB de Fernando Henrique Cardoso, y viabilizaron que gobernara la izquierda para que, con mediaciones sociales y épica, diera legitimidad al modelo con el que los grandes empresarios ganaron como nunca, tal como se los recordaba Lula en la campaña electoral de 2010. Han organizado junto con el PSDB el golpe institucional contra Dilma.

 

Pero ya se está perfilando una táctica de estabilización. No obstante que el PSDB aprobó la PEC 241 en primera instancia en la Cámara de Diputados, antes de las elecciones municipales del 2 de octubre Geraldo Alckmin, el gobernador paulista del PSDB, le reclama (19 de septiembre) a Temer que debe flexibilizar el ajuste fiscal, con lo que ya se perfila como “crítico de los neoliberales”. En las elecciones municipales el PT y el PMDB son duramente castigados, pero el PSDB aumenta su votación en casi 30 por ciento. Una vez que van creciendo significativamente las movilizaciones estudiantiles y del sector salud contra la PEC 241, Fernando Henrique Cardoso le plantea a Temer (12 de octubre) que debe atemperarla. Al día siguiente (13 de octubre) Temer afirma que no se reducirán los programas asistenciales como Bolsa Familia, y que la PEC 241 podría modificarse en 4 o 5 años, antes de los 10 años que establece el proyecto. En esta nueva fase táctica sacrifican políticamente a Eduardo Cunha del PMDB, el operador del impeachment, al que apresan en octubre y que amenaza con hacer caer también a Temer; con esto cubren al poder judicial golpista con la apariencia de ser equitativo en el trato al PT y al PMDB. Y Geraldo Alckmin se va proyectando de nuevo como candidato presidencial, pero buscando serlo de una alianza de partidos más amplia colocada como nuevo centro político. ¿Se presentará como la “tercera vía crítica” que seduzca a la izquierda para hacer una alianza, tal como ocurrió antes con el PMDB?

 

En Argentina, Mauricio Macri ejecuta el “ajuste” siguiendo el manual: que dice que es mejor hacerlo al comienzo, cuando el nuevo gobierno tiene legitimidad; que debe ser rápido para tomar por sorpresa a los posibles opositores. Así lo hizo. Pero como las movilizaciones sociales han crecido considerablemente, ya hay señales tácticas para estabilizar. Por un lado, Macri convoca a las tres ramas de la CGT justicialista para negociar algunas concesiones económicas, a condición de que conjuren un paro general anunciado. Por otro lado, la Radical Elisa Carrió, muy conservadora y que integra la alianza de gobierno, ya formula críticas y propone regulaciones. ¿Pretenderá encabezar una “tercera vía”, como hizo la Alianza a fines de los noventa frente al neoliberal Menem, aunque continuó con sus políticas?

 

Se está pagando un precio político por pensar al neoliberalismo sobre fundamentos equivocados. No sólo por caracterizarlo como una política económica, específicamente la monetarista, sino también por haber aceptado la retórica dominante sobre el “Estado mínimo”. El saber convencional de izquierda ha asumido la lógica binaria del doctrinarismo liberal. La impusieron retóricamente los intelectuales sistémicos, aunque no creen en ella. Sirvió para que justificaran la demolición de las anteriores funciones sociales del Estado negando al Estado en general. Pero no están constreñidos a la dicotomía entre titularidad jurídica pública o titularidad jurídica privada para usar intensamente al Estado como su Estado. La idea de privatización a secas ya había sido abandonada a mediados de los noventa y sustituida por la idea de “posprivatización”. La formularon en primer lugar por razones políticas debido a los rechazos a las privatizaciones. Y porque para los objetivos del capital, la titularidad jurídica estatal de bienes y servicios llega a ser mucho más útil porque garantiza que el presupuesto público sea el vehículo para transferirle riqueza social. Esto se aplicó primero en las políticas sociales, financiadas con presupuesto público y de provisión y ganancias privadas. Fue la manera, además, de construir mediaciones sociales. Hoy esto está potenciado con las asociaciones público-privadas, garantizadas por ley hasta por un siglo, y financiadas con leyes plurianuales de presupuesto público. Y que bajo la excusa de cláusulas fiscales que prohíben elevar el déficit, obligan a aumentar la recaudación impositiva a los asalariados y consumidores pobres que no deducen impuestos, mientras exoneran al gran capital para “incentivarlo a invertir”, justificado todavía más por la crisis. O que para cumplir con la disciplina fiscal le aseguran al capital niveles permanentes de ganancia con fondos de garantía estatales, que son alimentados con fondos de pensiones y acciones de empresas públicas, como ocurre con la ley de asociaciones público-privadas promovida por Lula en 2003.

 

Entonces, si se mantiene la titularidad jurídica en el Estado, ¿no es privatización aunque sea el medio para transferirle al capital inmensos montos de riqueza social? Considerando esa transferencia, ¿que la titularidad jurídica sea estatal permite decir que es “superación del neoliberalismo”? Esta mirada binaria del mainstream de izquierda bloqueó la comprensión de cómo se estaba fortaleciendo al gran capital con el activo Estado “posneoliberal”, y que eso significaba fortalecer políticamente a la derecha.

 

Los intelectuales de la reestructuración capitalista no se creen el fetichismo de la forma jurídica de la propiedad contraponiendo ontológicamente público o privado. Tampoco se creen el fetichismo de la forma jurídica de la propiedad en el ámbito privado: sostienen que no tiene por qué ser sólo la propiedad individual clásica, y que bien pueden ser otras formas de propiedad como cooperativas, empresas de usuarios, de trabajadores, etcétera. Lo fundamental para ellos no es la forma jurídica de la propiedad, sino el dominio sobre la materialidad de las relaciones sociales. Es decir: lo fundamental es la subsunción real al capital de todas las formas de organización económica, bajo distintas formas jurídicas. En su concepción, el derecho debe ser lo suficientemente flexible para contemplar distintas formas de propiedad. Lo que no es negociable es la función ordenadora del derecho, su fuerza coercitiva para garantizar de manera perdurable un Orden económico, social y político al servicio del capital. Es decir: flexibilidad en las formas e inflexibilidad en los cometidos.

 

Y es desde este principio que el capital ha ido construyendo un entramado de apoyo y de creación de diversas formas de economía comunitaria, economía social, de economía solidaria, subsumiéndolas al proceso de acumulación global del capital. A eso lo llaman Negocios Inclusivos, tan atractivos que son para muchos progresistas... Lejos de la retórica doctrinaria liberal del mero individualismo, la estrategia dominante pasa por la construcción de un nuevo microcorporativismo, incluidos los sindicatos, que fortalezca el dominio económico, social e ideológico del capital. Con sus consabidos efectos políticos.

 

Esta es una de las bases materiales de la nueva hegemonía burguesa construida a lomo de las crisis y “criticando” al “neoliberalismo” en los términos en que hicieron que se pensara. Apenas se está prestando atención crítica al efecto hegemónico de la construcción de la ciudadanía patrimonialista, de la construcción de la idea de ciudadano como consumidor-deudor. Esta ideología instrumental que alimenta conductas conservadoras es ya de una penetración vastísima. Pero no se ha prestado atención a aquellas formas de construcción hegemónica burguesa en el ámbito de la producción, subsumiendo las formas colectivas o sociales de procurar la subsistencia; y sigue presuponiéndose, como axioma, que siempre son mecanismos de resistencia social y cultural al “neoliberalismo” e, incluso, al capitalismo como tal. Este es un campo de disputa hegemónica que muy excepcionalmente entra en el horizonte analítico del mainstream de izquierda. Que piensa más en la morfología de las experiencias populares y en su discurso, que en la materialidad de las relaciones sociales que las constituyen. Incluso sin que muchas de esas organizaciones tengan claridad sobre ello, y que por eso pueden sucumbir, en indefensión, a ser convertidas en eslabones de una reconfiguración social que refuerza su condición oprimida. Que refuerza su subalternidad, dado que esta reconfiguración de la reproducción capitalista aporta, al menos, consenso pasivo; es decir: disponibilidad para que la prédica ideológica de la derecha tenga eficacia.

 

Hay otros aspectos que podríamos comentar en los que el saber convencional de izquierda en las ciencias sociales tiene fundamentos equivocados, y que genera consecuencias prácticas. No hay tiempo ahora para ello. Estos problemas no se detectan con la mirada de corto plazo que sólo ve la última crisis política o electoral, la última declaración en la prensa. Hay que tener una mirada más larga que capte las lógicas de la estrategia dominante y sus adecuaciones tácticas en las últimas cuatro décadas. No se trata de una mirada de larga duración que diluya la dimensión política, como la de cierto estructuralismo que sólo ve tendencias sobredeterminantes y que conduce al fatalismo. Al contrario. La aprehensión de la estrategia dominante y de sus tácticas cambiantes es condición necesaria para detectar qué es retórica, para no sucumbir a ella. Es una condición necesaria para no perderse en la coyuntura, y para detectar más detalles en el acontecimiento. Es decir: para hacer más eficaz la acción política independiente.

 

Se necesita investigación. Y menos “rollo”, como decimos en México. Esta es una responsabilidad que tenemos en las ciencias sociales, y más en las que se presumen críticas. Y hay que subrayar que las formas actuales de institucionalización de las ciencias sociales obstaculizan esas miradas necesarias.

 

Bueno, está en nuestras manos hacernos cargo de estos problemas, sin complacencia, y trabajar por su superación. Muchas gracias.

 

* Ponencia inédita que reproducimos con permiso de la autora. Se trata de la intervención realizada en el Seminario Internacional “América Latina en disputa ¿Cierre del giro a la izquierda en la región?”, organizado por el Departamento de Ciencia Política y Maestría de Estudios Políticos Latinoamericanos, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá (2-3 de noviembre de 2016).

 

** Beatriz Stolowicz es Profesora e Investigadora del Departamento de Política y Cultura, en el Área de Problemas de América Latina, de la Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Xochimilco, México.

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