Militancia, subjetividad y cambio social

Ilustración: "¡Huelga!", de Mihály Munkácsy, 1895

 

 

Retomar el horizonte del cambio social como orientación o faro de la práctica política de izquierda, exige revisar las acciones que llevamos adelante en los respectivos espacios de militancia, las subjetividades en disputa y el lugar de lo simbólico en la construcción de nuevas relaciones sociales. Este debate suele estar relegado de las discusiones actuales pues implica pensarnos a nosotros mismos, el tipo de relaciones que establecemos y las prioridades que signan nuestro diario vivir. El análisis de la implicación, o mejor dicho, la reflexión sobre el conjunto de compromisos que asumimos cotidianamente por y para la transformación de la sociedad1, puede colaborar en el corrimiento del momento actual que atraviesa la izquierda crítica en el país. Momento poco claro que no logra resituar al socialismo como horizonte legítimo y viable, ni a los procesos organizativos necesarios para alcanzar dicho objetivo. A sabiendas de la incomodidad que significa mirar nuestras propias prácticas y certezas, y tratando de evitar cualquier discurso moralizador de la acción política de izquierda, este artículo busca abrir el diálogo sobre las subjetividades dominantes y aquellas por crear en el dificultado proceso de transformar nuestras propias formas de transformar la sociedad. De este modo, el objeto central de esta reflexión es abordar el modo en que instituimos, creamos y reproducimos la militancia social, así como los conflictos, contradicciones y posibles apuestas al corto plazo.

 

Capitalismo y tipo antropológico. Desde hace más de cincuenta años, distintos referentes del pensamiento social vienen planteando que para transformar los modos de ver y estar de los sujetos, no alcanza con transformar las relaciones económicas de la sociedad. Esta afirmación descansa en la experiencia histórica de los procesos revolucionarios que sacudieron al mundo desde fines del siglo XIX hasta los años 60 del siglo XX. Esto no niega que una transformación de las bases económicas de la sociedad va a impactar en las subjetividades de los sujetos y colectivos, pero sí que una cosa no necesariamente determina la otra. Se requieren también otros procesos y otras revoluciones, que consideren los aspectos extra- económicos que forman parte de las relaciones sociales: la forma de vincularnos, las construcciones de género, el dominio racional sobre otras expresiones de los sujetos, entre otras cosas. Infraestructura económica y supraestuctura ideológica se implican recíprocamente y su distinción se justifica sólo a fines analíticos, no reales [1,2].

 

En sociedades tan desiguales en términos económicos, privilegiar el rol de lo subjetivo puede verse como algo propio de los sectores intelectuales o pequeño burgueses. Pero al renegar de este aspecto en la lucha social, se deja de lado uno de los elementos centrales de la transformación de la sociedad: cambiar radicalmente el tipo antropológico de sujeto, los hombres y las mujeres del capitalismo. Todo régimen social crea un sujeto que lo hace funcionar, el cual es portador de un repertorio de elementos culturales y actitudinales, más o menos críticos con el régimen en cuestión [3]. En el capitalismo, la resignación y la exaltación de lo individual sobre lo colectivo son parte de las características de su tipo antropológico. A ellas no escapa nadie, todos y todas estamos más o menos atravesados por el modo capitalista de vida, como sujetos fuimos construidos bajo estos parámetros culturales, y su reproducción mínima es indispensable para poder subsistir y desarrollarse. Por ende, un desafío de la transformación de la sociedad es la transformación de nosotros mismos, de nuestros modos de ver, ser y estar en el mundo.

 

El capitalismo y sus anónimos promotores entendieron este aspecto como nadie, y los cambios acontecidos desde los años 70 hasta nuestros días, no sólo se dirigieron a perfeccionar los sistemas de acumulación de riquezas, sino que también estuvieron orientados a producir una subjetividad funcional al orden neoliberal. En el mundo del trabajo este proceso fue evidente, con la precarización de las relaciones contractuales, el estímulo de los logros individuales y la exaltación de los valores de la empresa [4]. Pero el fenómeno también alcanzó a otras esferas de la vida, como la educación, la salud, los medios de comunicación, etc.. Las críticas, disidencias y experiencias alternativas que se estaban acuñando en el mundo en los 60 y 70 del siglo XX, fueron acalladas a través de una combinación de métodos violentos (las dictaduras de los países del cono sur fueron muestra de eso) y de otros más sutiles, como el uso del marketing y las políticas de recursos humanos [5]. Sobre los medios violentos es posible organizar resistencias, pero con aquellos silenciosos, que se construyen por lo bajo y que condicionan las subjetividades populares, todavía no sabemos qué hacer con ellos.

 

Crisis de sentidos o avance de la insignificancia. Ante las dificultades del presente se suele recaer en la idea de que todo pasado fue mejor, algo que el antropólogo argentino Eduardo Menéndez definió como visión melancólica de la historia. Se construye un pasado mítico y el presente carece de uno o varios de sus atributos: valores, utopías, relaciones sociales, etc. Sobre esta visión melancólica, durante la era de gobiernos progresistas se instaló cierta creencia de que nunca estuvimos mejor que ahora, la cual en sus mayores exaltaciones tiende a inhabilitar cualquier crítica política, por más constructiva que ésta sea. La contradicción entre la pérdida del pasado y la exaltación del presente nos ubica en lecturas de la realidad que impiden pensar lo inédito viable, es decir, apostar a otro devenir distinto y alternativo para el futuro [6]. Ni una ni la otra, sólo el análisis concreto de la situación concreta nos permitirá analizar los problemas críticos de nuestro tiempo e identificar los elementos teóricos necesarios para su interpretación histórica [7].

 

Uno de los problemas que insiste y que condiciona fuertemente nuestra práctica política cotidiana está dado por el avance de la insignificancia [3]. Desde esta perspectiva el capitalismo históricamente ha producido subjetividades privatizadoras, excluyentes y carentes de sentido humanizador, pero lo que sucede ahora es que esos modos de ser y estar en el mundo avanzaron a formas superiores o más consolidadas. El pasado no fue ni mejor ni peor, la profundización del régimen social capitalista sólo profundizó las subjetividades o el tipo antropológico necesario para llevarlo adelante. Este avance de la insignificancia o crisis de sentido, no es el resultado único de un grupo de capitalistas o de una serie de sujetos formadores de opinión. Se trata de una verdadera corriente histórica y social que se dirige en esa orientación y que todo lo transforma en insignificante. Sin lugar a dudas, capitalistas y formadores de opinión tienen su responsabilidad, pero es necesario reconocer que el momento subjetivo en el que se encuentra la sociedad avanza por sí sólo e incluye a distintos procesos donde la izquierda ha estado implicada: derrumbe acelerado de las ideologías críticas, promoción de la sociedad de consumo, crisis de las significaciones modernas de progreso y/o revolución, entre otras cosas [3].

 

Este avance de la insignificancia se caracteriza por dos procesos sociales, que mantienen relaciones entre sí. Por un lado, la resignación y conformismos que imposibilitan rebelarse ante las condiciones sociales, aun en los contextos más desastrosos y nefastos. Conformismo que se articula con la escasa producción intelectual contemporánea, y su incapacidad para ir más allá de lo establecido y de los horizontes de sentido que traza el capitalismo. Un segundo proceso en el avance de la insignificancia es la incapacidad, cada vez más acentuada, de que los sujetos dirijan de forma autónoma el devenir de sus vidas. La norma impuesta, o heteronomía, de los centros de poder y de la manipulación mediática, construye sujetos que se autonomizan o alienan de la sociedad que reproducen cotidianamente [8]. De esta forma, resignación, conformismo y alienación se anudan generando un escenario complejo desde el cual pensar y optar por apuestas transformadoras. Escenario que alcanza a los sectores populares y a los núcleos de intelectuales más progresistas de la sociedad.

 

La militancia como institución de la sociedad. En la medida de que se profundiza la injusticia social y la insignificancia avanza sobre este sustrato, uno de los desafíos centrales pasa por preguntarse cómo generamos espacios de socialización que produzcan otro tipo de subjetividades, que construyan un tipo antropológico nuevo: hombres y mujeres capaces de generar nuevas relaciones sociales y de resignificar la insignificancia. Así, el eje de la transformación social no sólo se ubica en la crítica radical del capitalismo y sus medios de irradiación cultural, sino en nuestra capacidad para generar espacios que logren generar una subjetividad otra, autónoma y que detenga el avance de lo insignificante. No es nada nuevo, sin dudas, pero sí parecen ser nuevos los obstáculos para organizarse y alcanzar a sectores que actualmente están sumidos en la apatía y la desidia.

 

De esta forma, cambiar el eje del debate y focalizarse en la militancia social nos exige revisar cómo la construimos cotidianamente, en qué medida es permeable a lo diferente y cómo es posible unificar procesos que hoy por hoy se encuentran dispersos. Pensar en la institución de la militancia puede permitirnos desembarazarnos de una cultura política que sólo ha conducido a la marginalidad de la izquierda crítica. Institución de la militancia que combina, en relación variable, un componente imaginario y otro componente funcional [2]. En ella se integran los elementos simbólicos que se crean, recrean y reproducen, y las necesidades funcionales que viene a cubrir la lucha política. Esos procesos imaginarios y funcionales adquieren distintas orientaciones de acuerdo a si tienden a lo establecido y al conservadurismo, o si se dirigen a transformar el estado de las cosas. A los efectos de la presente reflexión resulta oportuno detenerse en un aspecto instituido o establecido en la institución de la militancia de izquierda: la división social de la política.

 

Esta división establece una contradicción burocrática de la organización social, donde unos dirigen y otros ejecutan. Castoriadis [2] llegó a equiparar la contradicción dirigentes- ejecutantes con la de capital- trabajo, luego de evidenciar que era un fenómeno común en los países capitalistas y en aquellos pertenecientes al bloque soviético. Si unos dirigen y otros ejecutan, unos elaboran políticamente y otros llevan adelante dicha elaboración política. La adopción de la lógica de politburó como forma de dirigir y ejecutar la acción política, ha tendido a privilegiar el poder de decisión de unos sujetos sobre otros. En la actualidad, esta organización burocrática de la militancia transversaliza a distintos grupos y organizaciones de izquierda, y es posible ubicarla en los colectivos más radicales y en los partidos más conservadores. Con esta crítica no se desconoce la necesidad de que ante determinados momentos y situaciones sea imperioso una reflexión que incluya a ciertos sujetos y excluya a otros. Pero este no puede ser la condición permanente de un proceso que pretenda ser democrático y que busque promover la autonomía de sus participantes, es decir, que cada uno y cada cual pueda establecer sus propias normas y desafíos en base a criterios colectivos.

 

“Organízate, nos organicemos, no olviden eso”; con estas palabras el Sub Comandante Insurgente Moisés cerraba este año su exposición del Seminario “Los muros del capital, las grietas de la izquierda” en Chiapas, México. Es a partir del encuentro con otros donde se pueden revisar los elementos simbólicos e imaginarios que nos hacen como sujetos políticos. “Momentos cálidos” y “momentos fríos” de movilización social se suceden en la historia del capitalismo [9], y en la actualidad transitamos por una etapa fría, sin lugar a dudas. Si estamos en la era glaciar de la transformación social o si es posible avanzar hacia momentos cálidos de lucha, sólo lo dirá el devenir de la acción organizada. Y si esa acción organizada es capaz de revisarse y analizarse críticamente, la interpretación de la realidad será cada más certera así como los caminos y vías para su transformación.

 

Ningún proceso organizativo revolucionario se incubó en poco tiempo ni el capitalismo avisó previamente sobre alguna de sus crisis; la organización colectiva y la búsqueda del bien común requiere teoría, práctica y prudencia -o frónesis en términos aristotélicos-. Sea la etapa que sea, con claridad o con confusión estratégica, en un “momento cálido” de confrontación social o en un “momento frío” de desmolivilización, mejor si encuentra al pueblo organizado, sosteniendo la disidencia y construyendo desde las contradicciones que los movimientos de masas implican. Entre esas contradicciones, la insignificancia y la división social de la política aparecen como elementos a no descuidar y a trabajar activamente por su superación. La institucionalización de una democracia radical ahí donde exista sociedad organizada, parece ser uno de los desafíos centrales para resituar al cambio social como horizonte político.

 

 

Referencias

 

1) Lourau, R. (2007). El análisis institucional. Buenos Aires: Amorrortu.

2) Castoriadis, C. (2010). La institución imaginaria de la sociedad. Buenos Aires: Tusquets.

3) Castoriadis, C. (1997). El avance de la insignificancia. Buenos Aires: Eudeba.

4) Antunes, R. (2009). Diez tesis sobre el trabajo del presente (y el futuro del trabajo). En Neffa, J. C., De la Garza Toledo, E. y Muñiz Terra, L. (Comps.), Trabajo, empleo, calificaciones profesionales, relaciones de trabajo e identidades laborales. (pp. 29-44). Buenos Aires: CLACSO.

5) Guattari, F. (1996). Caosmosis. Buenos Aires: Manantial.

6) Freire, P. (1999). Pedagogía de la esperanza. México: Siglo XXI.

7) Lenin, I. (1961). Obras escogidas. Tomo III. Moscú: Progreso.

8) Anzaldúa, R. (2016). La recomposición de la racionalidad moderna y el avance de la insignificancia. Recuperado de: http://reflexionesmarginales.com/3.0/la-recomposicion-de-la-racionalidad-moderna-y-el-avance-de-la-insignificancia/

9) Manero, R. (2012). El devenir del socioanálisis. Tramas, 37, 215- 240.

 

 

* Nicolás Rodríguez es Licenciado en Psicología y Magíster en Psicología Social. Integrante de la Asociación de Docentes de la Universidad de la República

 

 

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