"Sin disputa de poder no hay cambio histórico, hay cambios de administración. Y tras doce años de mayorías parlamentarias, desde el punto de vista del poder y sus estructuras pesadas, no hay nada nuevo bajo el sol", con Sergio Sommaruga*

April 17, 2017

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Qué es el Frente Amplio de hoy y qué papel cumple en el proceso político del Uruguay?

 

Sergio Sommaruga (SS): Es la realización política de su razón de ser y en consecuencia, el límite de sus posibilidades de innovación histórica en materia de cambios sociales de signo estructural.

 

Que ésta consumación política esté discurriendo con gradualidad y en relativo “silencio”, no aminora un ápice ni su profundidad ni su alcance. Aunque cierto es también que la orfandad de una estrategia de izquierda ante el avance del capital cada vez se hace más patente, así como sus consecuencias.

 

El periplo que desarrolló el gobierno progresista atravesó distintas etapas de justificación discursiva, que se fue diluyendo gradual y fatalmente en estos doce años de desenlace. Paso a paso, la experiencia progresista se fue quedando -por obvias razones- huérfana de explicaciones y fundamentos que dieran sentido de izquierda a la institucionalización creciente de su práctica política y la auto-limitación programática de su proyecto.

 

La confrontación verbal con los partidos de derecha no desapareció, pero el escenario de confrontación, los temas y los argumentos variaron modo tan significativo, que ya no hay inconmensurabilidades. Se comparte el paradigma.

 

Las ideas fuerza en las que se apoya el sistema capitalista no están en discusión…y esto no es ni más ni menos que una crisis en la reproducción ideológica de la propia izquierda.

 

Hoy impera el instrumentalismo sobre la estrategia, la gestión sobre la política, el griterío coyuntural sobre el debate de ideas en torno al proceso de acumulación de fuerzas y las vías al socialismo.

 

En resumen, la hipótesis de reflexión es que lo que está en curso tiene el espesor de una novedad histórica importantísima. Y más relevancia aún creo que tiene, cuando se sopesa que lo que le está pasando al Frente Amplio (FA) no solo afecta a esa fuerza política. Tiene, por lo que significa para la militancia, el pensamiento de izquierda y el imaginario social con el que se retroalimenta, un impacto y una fuerza de irradiación que sacude la órbita política en grande; más allá de lo exclusivamente electoral. Y lo es porque tiene impactos en el proceso social del pueblo uruguayo.

 

En ese sentido me parece importante hacer retrospectiva histórica para valorar en su justa medida el impacto del que se habla. La llegada del FA al gobierno fue un acontecimiento revulsivo. Un antes y un después en la historia del país. Por primera vez desde 1830, el Poder Ejecutivo pasó a ser ejercido por una fuerza política que representaban ideas, valores y formas de hacer política que no eran de derecha. Y lo hizo con mayorías parlamentarias… lo que a la postre deja más evidencias para la critica a la autolimitación programática y el derrotero político que se eligió seguir.

 

Pero regresemos al argumento central.

 

El triunfo electoral del 2004 no fue fortuito, ni producto marginal de la rotación partidaria. Fue, en lo primordial, el laborioso proceso de acumulación de fuerzas desarrollado durante más de treinta años por cientos de miles de militantes a lo largo y ancho del país. Asimismo fue la capitalización política de la debacle neoliberal iniciada por Végh Villegas en 1973 y que tuvo su máximo corolario anti-social con la crisis del 2002/2003.

 

En ese sentido, la llegada al gobierno del FA fue la confirmación de la validez de un modelo de acumulación de fuerzas. Un modelo caracterizado por una unidad negativa (resistencia a la derecha), un objetivo central (desplazar a la derecha del gobierno) y un programa de reformas institucionales para ajustar la relación entre el estado y el mercado.

 

Pero ese cenit fue, al mismo tiempo, su ocaso. Y en este movimiento contradictorio creo que hay un punto de inflexión de importancia explicativa: al llegar el FA al gobierno, su exitoso modelo de acumulación de fuerzas llegó a su techo y se reconfiguró en una especie de paradoja “lampedusiana”.

 

Es decir, el mismo marco de alianzas que llevó al FA al gobierno es el que al mismo tiempo obtura políticamente la posibilidad de ir hacia las fronteras históricas de la formación social del país.

 

Aquella construcción unitaria que opero como condición necesaria para desplazar a la derecha, se convirtió en el freno ulterior al proceso de transformaciones socializantes. No hay un problema de correlación de fuerzas dentro del gobierno, hay un problema de límites objetivos de la herramienta política y de sus fines.

 

Y así, cuando las contradicciones que admite ese ancho de banda se agudizan, se desatan las tensiones que imponen los límites de esa alianza.

 

Ese freno contrapedal hace que el arco de alianzas trabaje en una dinámica de bucle, que refuerza la necesidad de mantenerse unido bajo la única regla de administrar dentro del consenso que posibilita la alianza… y claro está, de evitar que vuelva la derecha.

 

El gobierno del FA está atrapado en ese bucle y deambula erráticamente en un desgaste sin fondo, porque las contradicciones estructurales de la sociedad uruguaya no están para hacer favores políticos.

 

Me parece muy importante dejar claro que esto no paso -más allá de la justa crítica a las responsabilidades de cada quien- por que los dirigentes del FA sean malos, ni porque sean traidores. Me parece que la indignación o la bronca son necesarias, pero al final del día hay que volver a la política y al pensamiento crítico.

 

Eso pasó y pasa porque objetivamente con la llegada al gobierno, el FA se agotó así mismo como síntesis política de la izquierda uruguaya; se quedó sin cohesión estratégica de largo plazo.

 

La presidencia de Mujica fue la demostración más palmaria de esta crisis de estrategia, particularmente de los sectores mas etapistas dentro de la coalición.

 

El cerno duro de ese agotamiento político radica en la evidente ausencia de disputa de poder en relación con el patrón de acumulación, la batalla crucial contra la mercantilización de la vida y el empobrecimiento cultural.

 

Sin disputa de poder no hay cambio histórico, hay cambios de administración. Y tras doce años de mayorías parlamentarias, desde el punto de vista del poder y sus estructuras pesadas, no hay nada nuevo bajo el sol.

 

 

HI: ¿Qué tendencias se afirman en esa fuerza política y qué rumbos posibles cabe esperar?

 

SS: Novedades hay. Y no solo remiten al tiempo pasado inmediato. También nos hablan de un tiempo venidero.

 

Hay que tratar de leer las determinaciones de última instancia, sin caer en la torpeza de la futurología o los arrebatos desiderativos. En ese marco creemos que se están prefigurando las condiciones tendientes a un cambio de etapa en el proceso histórico del país.

 

Ahora bien, es importante insistir en que ese proceso en curso no está cerrado, ni en el tiempo ni en la forma que asuma. Mucho menos en relación a su corolario político.

 

Dicho esto, me parece que políticamente es esperable que se empiecen a mover tendencias contradictorias para encarar este encuadre de agotamiento.

 

Una tendencia fuerte, dentro de ese movimiento contradictorio, podríamos llamarla de “adaptacionismo prolongado”. Es un escenario de europeización de la política. Dónde la izquierda se presenta como una opción plenamente adaptada, “aggiornada” ideológicamente y que se auto-asigna como capital político original, una capacidad de administración diferente a la ortodoxia neoliberal. Una opción progresista que apuesta a la calesita electoral, formando cuadros en la burocracia tecnócrata y buscando legitimidad como alternativa electoral a la derecha anti-pueblo.

 

Otra tendencia, opuesta a esta, es la posibilidad de la construcción de un nuevo modelo de acumulación de fuerzas dentro de la izquierda. Una iniciativa que se asiente sobre compromisos programáticos desmercantilizadores y sobre un modelo de práctica política con ejes identitarios comunes. Que no necesariamente exija la configuración de nuevos formatos orgánicos y que se comporte de modo transversal entre las diferentes orgánicas pre-existentes. Al menos en una fase transicional.

 

Estas son dos macro tendencias de mediano plazo.

 

No obstante, el escenario al corto plazo también reporta riesgos importantes. Y si bien no hay que ser dramáticos, tampoco hay que ser ingenuos. Hoy por hoy el mayor beneficiario de ese comportamiento de desgaste del FA, es el proceso de restauración de la derecha. Y nada bueno puede esperar el pueblo del retorno de la derecha.

 

Estoy convencido que si no fuere por la crisis de cuadros en la conducción partidaria de la derecha, ese proceso estaría mucho más avanzado. Por algo las propias cámaras empresariales y las corporaciones mediáticas están haciendo su propia campaña, cansadas de esperar esa renovación de liderazgos en sus partidos clásicos.

 

Por otra parte hay que leer también que este agotamiento del progresismo se está evidenciando en un contexto internacional de viraje hacia la derecha.

 

El gobierno del FA es un mediador entre las demandas del capital para infundir sus ajustes y la amortiguación social de la crisis que imponen esos ajustes. Esa función hasta el momento la ha desempeñado con sote muy bueno. Pero las condiciones materiales han cambiado. Lo estamos viendo en toda la región y en el continente.

 

El capital necesita de voceros más audaces y menos trémulos para desarrollar la conducción política. Ya no quieren y piensan que tampoco necesitan, andar negociando concesiones de carácter policlasista.

 

Hoy la burguesía está pasando a la ofensiva, recuperando gobiernos en varios países del continente y desestabilizando sin remordimiento sociedades enteras para hacer caer a los que van quedando. No quieren buenos traductores quieren hablar el mismo idioma.

 

Para salir de ese entuerto, sin que se convierta en un fatalismo histórico, es necesario emprender una travesía contra cíclica.

 

Para esto se requiere de una retorno creativo hacia las bases del pensamiento crítico del socialismo, la generación de usinas programáticas capaces de dotarnos de mediaciones transicionales y una nueva síntesis de izquierda que sea capaz de recuperar la perspectiva de masas y la lucha por el socialismo; sin pensar que el partido de la historia empieza cuando cada nuevo jugador entra a la cancha.

 

Hay que recuperar ideología del cambio social y el entusiasmo simbólico que inyecte nuevos ímpetus a las prácticas políticas. Y sobre todo, hay que recuperar militancia unitaria en el campo popular. Superar este ciclo político, en estos términos, requiere de osadía estratégica.

 

Este no es un problema para los autodenominados liberales, la derecha orgánica y las fuerzas reaccionarias. Lo es para la izquierda, para los trabajadores y los desposeídos. Es un problema nuestro. Si, nuestro. Para los de afuera y los de adentro. Para los que luchamos por el socialismo.

 

La izquierda tiene que restituir con implacable vigor el horizonte socialista de su programa histórico, y en ese marco, con mucha paciencia estratégica y honestidad política, abrir las compuertas del desafío de un nuevo modelo de acumulación de fuerzas.

 

Tenemos que invitarnos a la incomodidad de pensar con radicalidad.

 

Tenemos que mirar por segunda vez y escudriñar dentro de las circunstancias coyunturales, hasta encontrar el silenciado pero pertinaz movimiento de las contradicciones. La tarea de tareas es salir de la confusión generalizada.

 

Por último, creo que hay que aprestarse, a pesar de los desasosiegos, a salirle al cruce a los desafíos. Creo que como generación no podemos quedarnos impávidos ante un escenario cada vez más complejo. Tenemos que ganar iniciativa y ponerle el hombro al relanzamiento de la lucha por el socialismo.

 

* Secretario de Asuntos Laborales del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza Privada (SINTEP)

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