Resistencias

March 10, 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen: Natalia Comesaña

 

Las hojas de los árboles aplauden como si todos estuviéramos sordos. Algo se mueve allá afuera, es 8 de marzo. Hoy se cumplen 40 años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas declarara este día como el Día Internacional de la Mujer, sin embargo resulta evidente que para la mayoría de las personas que hoy se movilizan esta no es la referencia que importa.

 

Este año es muy distinto a otros, el carácter reivindicativo de este día se impuso a la imperante banalización y a los intentos de despolitización vividos en años anteriores. El carácter transnacional de la convocatoria al Paro Internacional de Mujeres, reanimó y dotó de nuevos impulsos a la impronta internacionalista del movimiento feminista.  Provocó discusiones a la interna de colectivos  e instituciones, muchos hombres quedaron en silencio porque no sabían que decir ante discusiones que planteaban la existencia de una ecuación de desigualdad que los involucraba a ellos, muchas mujeres también callaron. Estos días se extendieron en las asambleas, los medios de comunicación, la calle, las redes, la sobremesa y los pasillos las conversaciones sobre feminismo, movilización callejera, sobre la necesidad y la resistencia frente a los cambios estructurales.

 

Junto a la plataforma de reivindicaciones en torno a este Paro Internacional también podemos identificar las expresiones de lo que Nancy Fraser ha llamado “el neoliberalismo progresista” [1], un aggiornamiento cada vez más visible del capitalismo globalizado, de las comunicaciones corporativas, un alineamiento, una cierta interpelación del sistema frente a esta agenda. Seguramente hoy “scrolleando” veremos cómo algunas marcas cuyo segmento son las mujeres cambiaron los íconos de sus mensajes y comunicaciones para este día: las flores y corazones de ayer, hoy son un puño cerrado, un puño liberador, un “símbolo de resistencia” que anima a comprar.

 

Es así que conviven en distintos espacios (¿sin fusionarse?) mensajes y consignas emancipadoras de cuño popular y neoliberal en torno a la reivindicación de esta fecha.

 

 

Por los pagos

 

En Uruguay, este año logró instalarse un impulso de apropiación genuino por parte del movimiento social que trasciende otras movilizaciones impulsadas por el movimiento feminista en los últimos años. También las retóricas y acciones en comparación al año pasado cambiaron radicalmente, la más significativa de todas es la postura asumida por la Central Sindical: de un saludo y un abrazo a las compañeras, de una tarjeta de felicitación con motivos rosados, el movimiento sindical decidió este año acompañar el paro y sumarse a la movilización.

 

Este quizá es un punto de quiebre, una oportunidad para la izquierda social. La base estructurante de las desigualdades quizá esta amparada por la incapacidad que hemos tenido en  redimensionar lo que implica afirmar “que la historia de las mujeres es la historia de las clases”.

 

En un libro llamado la “Revolución en punto cero” Silvia Federici plantea, citando a Dolores Hayde, que “la reorganización del trabajo reproductivo, y en consecuencia la reorganización de la estructura domiciliaria y del espacio público, no es una cuestión de identidad, es una cuestión laboral y podríamos añadir, una cuestión de poder y seguridad”.

 

El respaldo del PIT-CNT es un tímido paso, pero un paso necesario para construir una nueva mirada sobre la propia organización del trabajo, una nueva mirada donde no sea posible analizar la acumulación primitiva desde el punto de vista del proletariado asalariado y el desarrollo de la producción de mercancías sin tomar como referencia ineludible el lugar del trabajo reproductivo.

 

También al interior del propio movimiento feminista se sucedieron distintos cambios. Hace 5 años con algunas compañeras jóvenes discutíamos sobre las dificultades que estábamos teniendo para tener visibilidad dentro del propio movimiento, éramos herederas pero no protagonistas. Los micrófonos no siempre estaban abiertos para todas. Se nos pasaba factura por estar tomando teta o chupándonos el dedo mientras las más viejas discutían en Beijing alguna plataforma pretendidamente liberadora. En estos últimos años algunos colectivos jóvenes fueron emergiendo y las feministas que lideraron el movimiento desde hace 30 años también empezaron a acomodarse a las dinámicas del cambio generacional.

 

Existe cierta condescendencia y prejuicios instalados respecto a lo que las expresiones más jóvenes del feminismo representan. La transición es confusa porque el movimiento no es homogéneo y no necesariamente existe una fuerza de un solo movimiento feminista joven y radicalizado.  Pero en esta confusión se habilitó algo que no es menor, un espacio que nos permite mirar otros rostros y escuchar nuevas voces, acudir a movilizaciones convocadas por otras compañeras, nos permitió formar parte de un momento quizá histórico en el que es posible ver intercambiar, confrontar y sumar las perspectivas de mujeres de distintos siglos, desde las nacidas en la década de los 40s hasta las generaciones del año 2000.

 

Los desafíos son múltiples y a pesar de los avances creo que aún nos falta trabajar mucho más para no quedar en el camino, atrapadas en una lista de buenos deseos e hinchadas de resentimiento. Es necesario (re)pensar el movimiento desde un lugar menos monolítico y autorreferencial, con una base social más amplia y popular.

 

Lo he dicho más de una vez, la “retórica salvacionista” (la idea de que hay víctimas a las cuales salvar) ha debilitado al movimiento. ¿Tiene que ser el luto nuestro signo de identidad?

 

Hay voces silenciadas, voces no audibles, que ni siquiera el movimiento feminista está escuchando. Se está abriendo una brecha insalvable entre las mujeres libres que pregonan la defensa de derechos, que denuncian, megáfono en mano, la vida de otras mujeres a las que ni siquiera han escuchado, y mujeres silenciadas que quizá hoy ni siquiera se cuestionaron si podían o no salir  a la calle [2].

 

Las alianzas en este momento de confusión, de crisis, de ruptura son fundamentales. Desde el punto de sutura donde conviven los peores efectos del capitalismo, el racismo estructural y la misoginia es que el movimiento feminista debe levantarse de la mano de otros movimientos sociales.

 

Para convertir el miedo y la indignación en acción ciudadana es necesario discernir, debatir y exigir cambios con mayor claridad y precisión, con la certeza de que la demagogia punitiva no transformará nunca el mundo.

 

Queda mucho trabajo para remover los obstáculos jurídicos, administrativos y culturales que impiden la consolidación de esquemas más igualitarios. 

 

La movilización, la organización y el encuentro son la base de los cambios más radicales. Hoy más que nunca no podemos bajar lo brazos ni dejar de escucharnos.

 

 

 

Notas:

 

[1] Para Nancy Fraser “El “neoliberalismo progresista”, es una amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Cfr. http://www.sinpermiso.info/textos/el-final-del-neoliberalismo-progresista

 

[2] Algunas de estas reflexiones las he compartido en otros espacios: https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/1/los-desafios-del-feminismo-poscolonial-en-el-tercer-mundo-del-sur/ 

 

https://ladiaria.com.uy/articulo/2015/12/feminismos-y-otras-sensibilidades/

 

* Abogada por la Universidad Nacional Autónoma de México, es Magister en Derechos humanos y Políticas Públicas en la Universidad Nacional de Lanús en Buenos Aires, Argentina y realiza sus estudios de doctorado en la misma universidad. Trabaja desde distintos espacios y plataformas por la visibilización, defensa y promoción de los derechos fundamentales a través de la coordinación de talleres, charlas, encuentros y acciones de incidencia judicial y política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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