Frente a las caretas del amo, vamos al paro

March 10, 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: La evolución de las plumas, Piero Sabini.

 

Me puedo detener ante la pantalla, pero sucede que mi ética me acosa y trae a la realidad de la casilla de chapa y cartón (quizá de madera, con suerte). Escribir es exponer una precaria manera de estar, de habitar este suelo preñado de olvido. Simone de Beauvoir decía que una “llega a ser mujer”, creo que una -lucidez mediante- deviene-mujer. Con años de resistencia y creación, deviene-feminista. Qué implica el devenir-mujer, es algo que no podré desarrollar en estas líneas pues el devenir es contingencia; el última instancia, una suerte de etiología de la nada.

 

Al neoliberalismo no le importa si las mujeres somos acosadas, maltratadas y golpeadas porque es un sistema que se sostiene en nuestra explotación. Por tanto, no debería sorprendernos que la lógica de mercado dirija nuestra vida. Peor aún, al patriarcado-capitalista no le alcanza con que la pantalla de moda rija la existencia de sus “nenas”: produce un goce perverso que se transparenta de manera aberrante. Es decir, si pueden abusar, secuestrar, violar, embarazar, vender y matar, ¿por qué no lo van a mostrar? ¿Por qué no van a lucrar con eso? Lo hacen y lo muestran.

 

Para pensar “lo común” habría que comenzar poniendo a jugar la opresión que vivimos “las mujeres”. ¿Por qué estamos “tan mal”? Porque aguantamos demasiado: el patriarcado es el mito que sostiene la dominación sexual permitiendo el despliegue de la dominación de clase y etnia.

 

La “cuestión del género” -como le dicen los “machitos ilustrados”- opera como control social de la feminidad cristalizando una casta sexual que posterga la dignidad de nuestra existencia arrastrando generaciones. Por tanto, hay varias razones para que actuar juntas. Lejos de la ilusa pretensión identitaria, nuestra “cuestión de género” parece ser una “construcción social”. Sabés qué es “ser nena” y qué es “ser varón” porque parecen significantes imantados a una máquina con la cadena enredada.

 

Pero claro, nuestro ser-en-común es intraducible a estas letras. Aunque el poder médico tenga un margen de maniobra extraordinario, nuestro “nosotras” despliega la locura. Por eso salimos a la calle: cuando te tiran un auto y estás cortando la calle para que pase la marcha por un feminicidio; cuando la policía te pide documentos; cuando llegás con marcas en el cuerpo; cuando no sabés a quien llamar; cuando el dinero no alcanza; cuando te quieren echar del trabajo sin motivo; cuando no tenés con quién dejar a tus crías; cuando te explotan sexualmente; cuando te discriminan los racistas; cuando tenés miedo de caminar sola; cuando decís que estás sola pero estás con otras; cuando hay padres ausentes; cuando hay “padres” violentos; cuando te gritan “marimacho” o te tocan el “culo”; cuando no podés cuidarte porque no sabés cómo; cuando estás sola para acompañar los cuidados de tus parientes; cuando te dicen “fracasada” porque no deseas casarte; cuando te humillan por puta, torta o trava; cuando te miran con asco porque te besás con otra; cuando te miran mal porque te besás con otro; cuando no “sos normal” porque naciste diversa, creciste distinto o tuviste un accidente; cuando te excluyen porque no deseas “tener una familia”; cuando niegan tu sexualidad porque “sos discapacitada”; cuando te dicen “gorda” y “enana”; cuando te sentís sola embarazada; cuando estás con crías entre rejas; cuando decidís abortar y te cuestionan y presionan; cuando te juzgan impunemente y encierran por loca.

 

Las ciudades y el campo son cómplices del sacrificio. Y no: la calle, la casa, la escuela, el hospital, la obra, el laburo, la oficina, las letras no son “libres” para humillar a nadie; no hay lugar que legitime la violencia del patriarca. Para dilapidar a la mayor parte de la sociedad, ya tienen varios dispositivos de control, la prensa y televisión de la derecha rancia.

 

Y si, es triste. Vivimos en una democracia donde seguimos siendo esclavas. Las diferencias políticas se ponen en tensión cuando hay excesos u omisiones públicas, es obvio que la responsabilidad también es del Estado. Pero no se trata sólo de reflexionar sobre qué hacer, se trata de historizar y dejar de hacer. Cortar: si el Estado es la máquina que sostiene el patriarcado-capitalista, es demasiado cómodo depositar sólo en él todo lo que no podemos cambiar en nuestras prácticas cotidianas, pero sería estúpido regalárselo a los mercaderes.

 

El mal no deja de seducir a los cuerpos y el patriarca celebra colgando balconeras de “Navidad con Jesús”. El catolicismo carismático no vacila en desplegar sus tácticas arcaicas para “apaciguar las aguas” a escala global frente a protestantes y sectas efervescentes que cooptan cuerpos-votos. Pero cuando las desigualdades ya no son posibles de abordar con caridad, la piedad comienza a surtir efecto, aunque su consecuencia directa sea la idiotez. El ritual neoliberal comienza y todos los “guapos” bailan: un acto político deviene evento mediático; un culto religioso junta votos; una careta, un bucle que transparenta todo lo que ocurre sin que nadie asuma la responsabilidad política sobre lo que hace.

 

Pero la democracia es disenso. No hay por qué buscar acuerdos y está bien que sea así. Menos aún tener miedo. Vivimos en una sociedad que incentiva la demanda del amo porque el resultado es muy claro: sumisión, silencio, obsecuencia, parálisis. Cuando la escena está dispuesta irrumpen las caretas: “luchar para transformar la realidad”, “militar para mejorar lo que hay” o “activar por emanciparse”, etc.

 

Frente a esto, podemos hacer mucho por nuestra dignidad. Nosotras destejemos y desplegamos una tela de araña: anti‐patriarca, anti-capitalista, anti-clerical, anti‐racista, anti‐imperialista, anti-psiquiatría, anti-tecnocracia… las “yeguas” y las “conchudas” vindican su libertad. Discutimos sobre diferencia, libertad e igualdad desde antes que comenzaran a golpearnos con sus palos en las fábricas. El patriarca no distingue entre neoinstitucionales, independentistas y autónomas. Somos “las del cante”, la “señora que ayuda” y “la negrita que limpia”.

 

Actuamos para que no haya más “señoras bien” como Susana Giménez, Mirtha Legrand o Xuxa. Somos las que estamos cansadas de culos y tetas para vender lo que sea; las mutiladas; las que “toman pastillas” para no “embarazarse” cuando las violan en el manicomio; las anestesiadas con psicofármacos para sostener la “convivencia”; las que resistimos a que nos evangelicen cuando estamos en un “hogar de ancianos”; las abusadas; las violadas; las descuartizadas; las empaladas; las quemadas; las imágenes de todas con las que hicieron porno mientras las mataban; las “bobas anormales” y “las viejas de mierda”; las “negras ignorantes” y las “madres solteras” que “con veinte años se llenan de hijos porque no quieren trabajar”; las ausentes; las madres e hijas que seguirán buscando a nuestras desaparecidas; las abuelas criando nietas; las abuelas criando nietos; las fumetas; las obreras; las migrantes discriminadas; las que amamos libremente; las escritoras y las cineastas; las que parimos; las madres; las que abortamos y nos meten presas; las endeudadas; las que crecimos en campaña; las que nos mandan a pensar y nos “perdona” la “iglesia”; las que “cobran” una paliza porque “se lo buscaron”; las de la diáspora; las que no cobran la doble jornada; las expuestas a la violencia obstétrica; las actrices y las trabajadoras sexuales sin legislación que nos represente porque podemos “ser” “las putas de las casas de masajes”; las bisexuales “promiscuas”; las “machonas” del sindicato o la “blandita que se victimiza”; las de las tetas caídas; las rubias teñidas y las de motas; las que torturan con electroshocks porque “el doctor lo ordenó”. Somos las que escuchamos y convivimos con muchos imbéciles.

 

Nuestra sociedad es misógina y la queremos cambiar. Queda cómodo decir “hija de puta” y deberíamos irnos a la “concha de tu hermana”. Somos las vírgenes-santas-putas-sacrificadas; las abusadas para crear la imagen de la histeria.

 

¿Acaso en algún lugar del mundo, en algún momento de la historia, ha habido un ejercicio de poder que no pueda asociarse a la violencia? Si pretenden marcar nuestros cuerpos vamos a desobedecer y disputar con quienes se equivocan. Para algunos las mujeres no tenemos derecho a hacer política, tenemos que ser sumisas y sacrificadas o, de lo contrario, “demostrar” que no somos “un puñadito”. Pero las feas resistimos las intervenciones quirúrgicas y no legitimamos la violencia del shock.

 

Tenemos demasiado claro qué significa la violencia y explotación del macho rioplatense frente a la indisciplina. Manejamos todo tipo de máquinas desde hace demasiado tiempo, las mujeres somos las primeras en morir en las fábricas o perdernos para salvaguardar a nuestras crías. Esas somos nosotras, a las que prenden fuego por hacer política.

 

Las mujeres somos las primeras en saber que “el fin justifica los medios” porque somos las “putas” que “cogen” para comer, vestirse, cobijarse en algún lado. Somos las hijas de Lilith, salimos corriendo del “paraíso” para saltar al vacío; necesitamos la nada como condición de posibilidad para la creación política. Nuestros cuerpos guardan recuerdos infames, comprenden violencias y, aún así, despliegan una plástica divergente de lo que les hacen para disfrutar el presente y crear memoria.

 

Somos hijas de la desobediencia y estamos en alerta. No necesitamos perdón ni reconocimiento de ningún padre: proponemos otra política para que la vida sea digna y salimos a gritarla a la calle. Tenemos muchísimos argumentos y propuestas. Todavía no sabemos quiénes ni cómo somos, tampoco nos preocupa porque deseamos resonar bien fuerte. No nos interesa acotarnos a una pretensión de certeza porque en la profundidad de la diversidad está nuestra potencia.

 

Enloquecemos y articulamos nuestra imaginación tomando distancia de lo que nos pasa para sabernos acompañadas y autocuidarnos. Celebramos el disenso y cuestionamos lo común. El dilema es claro: ¿cómo salir de la posición de víctima cuando todo se construye para inmovilizarnos, para que seamos simples espectadoras de la realidad? ¿Cómo actuar sin sacrificarse y ponerle freno a la violencia? ¿Cómo decir “basta” sin legitimar al amo? No hacer nada: ir al paro.

 

En fin, mi ética anda por lugares donde el deseo de amor y libertad es más importante que las caretas, he devenido-solitaria-pobladora-de-lugares-escondidos. No tengo miedo a desertar de la frivolidad de las mayorías con estas míseras letras que alivian un poco.

 

Voy a salir a la calle, sé que ellas estarán allí, entonces, seremos nosotras y el bombo sonará fuerte. Porque todas las putas podemos reunirnos a hacer brujerías creando la materialidad necesaria para construir una sociedad mejor para hoy y mañana: sabemos que tenemos el conocimiento, el laburo, la fortaleza y plástica necesaria para hacerlo, hay que dejar de postergarlo.

 

8 de Marzo de 2017, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, Día Internacional de Todas las Mujeres, Día de Paro.

* Hekatherina Delgado (1984) Artista, escritora, activista y politóloga. Investigadora del Global Center for Advanced Studies desde el año 2014. En 2016 fue becada por Conicet (Argentina) para realizar su doctorado en Filosofía en la UNLP. Diplomada en Filosofía Política por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, es estudiante de Maestría en Humanidades de la Universidad de la República. Formada en danza y teatro, estudió dirección artística junto a Emilio García Wehbi. En el año 2014 fue premiada con el Fondo de Estímulo a la Formación y Creación Artística Eduardo Víctor Haedo en la categoría artes escénicas. Desde el año 2011 indaga la hibridación de lenguajes artísticos tales como el arte sonoro, la performance, el documental, la instalación y las derivas urbanas. Defiende la escritura filosófica y literaria como un lugar de experimentación estética sobre sí misma. Su tema de investigación es el deseo ético en relación al problema de la estética, las subjetividades, la política y la subversión.

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