"Es un momento de repolitización de mujeres y de moldear la forma que tendrá nuestra militancia independiente, autónoma y autogestionada. De repolitización, tomando al feminismo como bandera, como reivindicación política, como ideología y espacio de pertenencia; cuestionando cuando tiene picos de ponerse “de moda” y corre peligro de desvirtuarse en la hegemonía cultural.", entrevista a Azul Cordo*

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Cuál es el estado actual del feminismo en nuestro país y cuáles son, o deberían ser, sus estrategias?

 

Azul Cordo (AC): Considero que el estado actual del feminismo en Uruguay es de efervescencia y redescubrimiento.

 

“Poner el movimiento [feminista] en movimiento” fue una de las principales consignas que atravesó el Primer Encuentro de Feminismos del Uruguay, en noviembre de 2014. Una idea que latía fuerte era que las mujeres volviéramos a ocupar las calles, a movilizarnos, a mostrar nuestras reivindicaciones, por fuera de actos oficiales y ministeriales que habían cooptado la agenda del 8 de Marzo, y este día internacional de lucha se había institucionalizado. Queríamos volver a las calles más allá de la celebrada “agenda de derechos” (que incluía la aprobación de la ley que habilita la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12 semanas y sigue tutelando a la mujer que decide abortar, sometiéndola inclusive a 5 días de “reflexión”).

 

Los cambios sociales no se decretan y las revoluciones no piden permiso, pero había que rearmar con cuidado, tolerancia y escucha, encuentros y reencuentros después de años de desgaste para algunas que habían peleado cuerpo a cuerpo para que salieran cambios legislativos como la IVE, y para otras más jóvenes que no encontraban su lugar de referencia en organizaciones históricas que defienden los derechos de las mujeres y querían armar sus propias colectivas y espacios de participación.

 

Todavía estamos en esa etapa de reencuentro entre nosotras, creo que ya en un momento más comprensivo y de reconocimiento de los espacios, las trayectorias, los alcances que tiene cada una y la valoración de que juntas podemos hacer mucho más. Pero resta un mayor diálogo intergeneracional y la necesidad de construir una genealogía de la lucha de las mujeres en el país, para transferir saberes y experiencias adquiridas.

 

Es un momento de renacimiento del movimiento de mujeres en un país emblemático por haber sido pionero en el derecho al voto femenino y al divorcio; un país donde las mujeres protagonizamos caceroleos contra la dictadura, huelgas y ollas populares.

 

Es un momento de repolitización de mujeres y de moldear la forma que tendrá nuestra militancia independiente, autónoma y autogestionada. De repolitización, tomando al feminismo como bandera, como reivindicación política, como ideología y espacio de pertenencia; cuestionando cuando tiene picos de ponerse “de moda” y corre peligro de desvirtuarse en la hegemonía cultural.

 

Para quienes nacimos a fines de los 80 o principios de los 90, descubrir los feminismos fue encontrar palabras, ideas, arte y prácticas (educativas, sexuales, económicas; por ende, prácticas políticas) que comenzaban a dar respuesta a inquietudes, dar cuerpo a disidencias, y ver que éramos nombradas.

 

Un desafío grande de los feminismos sigue siendo construir esta otra forma de praxis política, pero es difícil jugar otro juego si seguimos dentro del mismo sistema. El capitalismo y el patriarcado van de la mano y se llevan muy bien, se nutren entre sí de nuestra explotación como mujeres que cumplen doble o hasta triple jornada laboral. ¿Cómo construir liderazgos feministas, “liderazgos entrañables”, al decir de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde? ¿Cómo sortear egos, competencias, desconfianza, ingenuidad? ¿Cómo hacernos de conciencia política?Cuidado y acompañamiento son actitudes y acciones que las mujeres conocemos muy bien, porque son parte de ese mandato social en el que nos educan para construir nuestro rol de género. En la esfera privada está bien visto que nos comportemos así, en lo público suele tener cuestionamientos de debilidad y excesiva sensibilidad. Ejercer un liderazgo desde el cuidado y el acompañamiento, sin asistencialismo ni paternalismo, podría cambiar las relaciones de poder.

 

En el cierre de ese primer encuentro de feminismos en 2014, se propuso una acción concreta: salir a las calles ante cada acto de violencia machista extrema. Lo que pronto se denominarían Alertas Feministas: encontrarnos y movilizarnos desde la indignación que nos produce cada feminicidio. La movilización logró poner el tema en la agenda mediática y, últimamente, en la política. Pero, casi dos años y medio después, vale preguntarse hacia dónde seguirá esta acción. Funcionó como estrategia de visibilización en medios de comunicación, como acción que permitió a otras mujeres que veían pasar la marcha sentirse identificadas y poder pedir ayuda para salir de una situación de violencia, funciona aún como espacio de encuentro. Corre el riesgo de volverse ritual, si no encuentra un cauce hacia otras formas de protesta, ni se trazar otros objetivos que superen el momento catártico. Al principio se marchaba de Plaza Independencia a Plaza Libertad, para identificar al Poder Ejecutivo y al Judicial como dos claras instancias del Estado a las que se les exigían cambios. Ahora nos reunimos en Plaza Libertad y se marcha hasta la explanada de la Intendencia. ¿Por qué cambió el recorrido? Porque no le quieren reclamar ni exigir nada al mismo Estado que ya sabemos que no funciona, dicen algunas de sus integrantes. ¿De qué otras maneras podemos visibilizar las violencias machistas? ¿De qué otras formas y con qué contenidos ocuparemos el espacio público?Una estrategia interesante es la del colectivo La Pitanga que se moviliza en su barrio: Villa García. Con fuerte anclaje en lo territorial, aborda la violencia machista con vecinos y vecinas, y ha publicado un manual para poder ayudar a vecinas que sufren violencia doméstica.

 

La estrategia de los círculos feministas, de reconocernos como hermanas en la opresión y en la resistencia, debería multiplicarse. Generar grupos de autoconciencia, de lectura, de formación teórica y política. Talleres barriales, asambleas. Fortalecer la Coordinadora de Feminismos. Apoyar y conectarse en red con los colectivos de mujeres que de a poco vuelven a surgir en otros departamentos del país.

 

Una estrategia para sensibilizar y acercarse al feminismo es el humor, el humor feminista, como hacen Malena Pichot en Argentina, Laura Falero en Uruguay, Estereotipas en México. La estrategia debe estar acompañada por el respeto a las diferencias, en lugar de multiplicar desigualdades, competencias y malos tratos entre nosotras.Lo que pasa es que hay que hacer política. La política/patriarcal es cruda. Y duele más aún cuando la ejercen tus pares. He ahí el desafío de construir praxis feminista.

 

Tenemos que reencontrarnos sin ingenuidades. Nos idealizarnos a nosotras mismas, muchas veces desde lugares casi esencialistas. El desarrollo personal de cada mujer y de cada hombre debe ser una prioridad inmediata, pero sólo se hará feministamente si ese desarrollo individual se construye desde una conciencia colectiva, registrando que no estamos partiendo desde la misma línea de base para desarrollarnos. Y que, además de cuestionar a nivel discursivo los mandatos, ese cambio hay que hacerlo en la práctica. Lo más complicado de todo: salir de zonas de confort. Ceder privilegios patriarcales. Construir nuevos vínculos.

 

HI: ¿De qué manera crees que puede integrarse el feminismo a los diferentes espacios del campo popular que históricamente han despreciado sus demandas?

 

AC: Lo que pasa que es preocupante que el feminismo, en tanto sistema de pensamiento, forma de ver y actuar en la vida, quede relegado a un “área”, departamento, secretaría, grupo. Eso no es integrar el feminismo al campo popular (entendiendo por ello a sindicatos, organizaciones sociales, movimientos populares, etc).

 

Una cosa es que se generen grupos, o áreas de formación política con perspectiva feminista dentro de las organizaciones –en un principio, diría, que fueran sólo de mujeres, porque estos espacios ayudan a hablar de nuestras problemáticas específicas, a pensarnos a nosotras mismas, a registrar formas feministas de autocuidado. Y otra es que la lucha por un mundo igualitario, equitativo, justo y solidario siga viendo las demandas más vinculadas a los derechos de las mujeres como un “tema de mujeres” o “de género”, como un satélite que gira alrededor del planeta androcéntrico que siempre tiene puntos más importantes que abordar que lo que nosotras decimos.

 

Desprecio suena fuerte, pero sí es cierto que sigue habiendo ninguneo a nuestras demandas y propuestas o, en el mejor de los casos, un reconocimiento desde el paternalismo o desde la repetición de discursos políticamente correctos. Todavía se puede leer que nos califican como el 52% de la población “más débil”, o como dentro de la categoría de “minorías”. O invisibilizarnos, con fotos que muestran mujeres militantes y el epígrafe dice: “Arriba compañeros!”. O la aprobación ante la masividad de la convocatoria a participar del Paro Internacional de Mujeres, pero los cuestionamientos sobre si “de verdad” no vas a ir a tu lugar de trabajo.

 

El feminismo puede integrarse si hay formación feminista (en la teoría y en la práctica) y reconociendo que las demandas por los derechos de las mujeres son todos los días y, por ende, debe estar presente como parte de las ideas y acciones del campo popular todos los días.

 

*Azul Cordo – periodista. Licenciada en Comunicación Social (UNLP) y diplomada en Género y Políticas de Igualdad (FLACSO Uruguay).

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