"Si, en cambio, creemos que hay todavía necesidad de política, necesidad de pensar lo común más allá (y por encima) de la contingencia del mercado, las cifras y los griteríos en las redes sociales, está todo para hacer." Entrevista a Soledad Platero*

December 13, 2016

 

Hemisferio Izquierdo (HI): ¿Qué balance puede realizar del escenario político uruguayo del año 2016?

 

Soledad Platero (SP): Depende del alcance que le demos a la expresión “escenario político”. Si hablamos, como creo entender, de la escena político partidaria y de su agenda, posiblemente el hecho más notorio haya sido la inscripción ante la corte electoral de un nuevo partido de alcance nacional regenteado por el empresario Edgardo Novick. La nueva formación llega a la cancha con jugadores traídos de otros equipos, que, sin embargo, conservan sus bancas aunque ya no respondan a los partidos por los que las obtuvieron, así que el Partido de la Gente arranca a jugar con un senador (Daniel Bianchi, electo por el Partido Colorado) y dos diputados (Guillermo Facello, también ex PC, y Daniel Peña, electo por el Partido Nacional). Más allá de lo incierto de la situación reglamentaria, lo que es claro es que esos representantes ya no responden a sus partidos de origen, sino que han establecido un acuerdo con Novick. Y Novick no llegó solo a esa situación: el primero en reconocerlo como interlocutor fue Tabaré Vázquez, cuando le dio un lugar en lo que solemnemente se llamó Grupo de Convivencia Pacífica y Seguridad Ciudadana. El “escenario político uruguayo” tiene un backstage que incluye a varios empresarios del tipo “me hice a mí mismo”.

 

Claro que nada nace de un repollo: los partidos políticos (y tal vez habría que decir “los políticos”, a secas) vienen perdiendo credibilidad desde hace rato, y a ese desplome no escapa el Frente Amplio, que este año enfrentó varios escandaletes de los cuales, significativamente, el más recordado es el más bobo: la mentira en torno al título universitario de Raúl Sendic. Pero la impresión general que ha dado el gobierno (no tanto el presidente cuanto el Frente Amplio o la burocracia de gobierno) es la de una completa y generalizada ineficiencia a la hora de manejar lo que, dicen, preocupa a “la gente”: la seguridad, la educación, la vivienda. Y como es demasiado complicado andar pensando en las razones estructurales de la crisis, de la desigualdad o del desamparo material y cultural de tanta gente, lo mejor es indignarse porque los políticos mienten y porque son unos chantas del primero al último. En ese marco, con esa indignación boba y superficial de los sectores que podrían ser más agudos o menos haraganes, porque no les faltan ni educación ni medios ni tiempo para informarse, no es nada sorprendente que irrumpan personajes que apelen a cambiar, ya no el sistema, sino las prácticas. Lo que para los sectores menos educados puede ser Novick o cualquier otro que enarbole el discurso de la eficiencia, la gestión y el éxito posible, para los más educados será alguien que venga a hablar de transparencia, buenos procedimientos y seriedad. Lo importante, en todo caso, es que el apetito de los electores (porque “la gente” es un eufemismo para hablar de lo único que cuenta: los electores; esa versión política del rating) se va volcando cada vez más, tanto arriba como abajo, hacia la simplicidad de un discurso político despojado de política. Es un viaje que empezó hace tiempo, pero este año, con el triunfo de Trump y la muerte de Fidel Castro, ya se dibuja con la nitidez de lo inexorable.

 

 

HI: ¿Qué perspectivas ve para el 2017?  ¿Cuáles son las principales tareas y desafíos a enfrentar por los actores políticos del país?

 

SP: El fantasma más aterrorizante es, claro está, el de la muerte de la política, y en ese aspecto no sé cuánto pueden hacer los actores políticos, porque les cabe una importante responsabilidad en el estado de cosas. Si la política como preocupación por la cosa pública ya se degradó hasta llegar a ser apenas lo que parece ser hoy —un forcejeo por votos que se traducen en lugares a ocupar en los aparatos de gobierno—, entonces no hay mucho para esperar. Si, en cambio, creemos que hay todavía necesidad de política, necesidad de pensar lo común más allá (y por encima) de la contingencia del mercado, las cifras y los griteríos en las redes sociales, está todo para hacer. Porque la distancia entre la vida cotidiana y la aparatosidad de la burocracia de Estado (y no hablo de los trabajadores del Estado: hablo de los aparatos institucionales, e incluyo a los tres poderes del Estado), con sus frases hechas, sus discursos huecos, su haraganería y su cobardía para enfrentar al verdadero poder, que es el del mercado, ya parece insalvable. La frustración que acumula una población que no puede de ningún modo estar a la altura de lo que se considera deseable, valioso y digno es una bomba de tiempo. No hay relatos colectivos que ofrezcan trascendencia, y las personas no pueden vivir sin trascendencia. Lo que no dé la política, lo darán el fútbol o las iglesias de la prosperidad. Los que no tienen en qué creer, creerán en cualquier cosa que sea más grande que ellos, más brillante, más digna de ser mostrada con orgullo. La única cosa que nos queda si todavía queremos un mundo en el que haya lugar para todos es volver a poner la política al alcance de todos y de cualquiera. Y para eso habría que ponerla al servicio de todos, y en manos de todos. No sé si soy muy optimista al respecto, pero estoy convencida de que es lo único que puede dar cierto.

 

* Periodista y crítica literaria. Editora en La diaria

 

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