La izquierda uruguaya: crecer o perecer, esa es la cuestión

December 13, 2016

Imagen: "34" (Nelson Romero)

 

Vivimos en un escenario en el cual, a pesar de las cada vez más grandes contradicciones que presenta el FA como fuerza política y como gobierno, sigue manteniendo hegemonía (electoral y en el campo popular), mostrándose subjetivamente para una gran parte de la población como una opción política de izquierda capaz de enfrentar a la derecha tradicional. 

 

Una de las principales tareas que ha tratado de desarrollar un sector de la izquierda con vocación pos capitalista en este tiempo está vinculada a evidenciar las contradicciones y limitantes del progresismo en el gobierno, denunciando las continuidades con respecto a políticas de gobiernos anteriores. Está claro que el resultado de esta tarea no ha sido del todo efectivo.
 

En el campo popular el dominio de sectores de una “izquierda gestora” (entendiendo esta como la que sólo identifica problemas de gestión y no hace hincapié en los problemas estructurales del capitalismo) es notorio. A  pesar de que han jugado un rol paupérrimo en defensa del gobierno, no hemos sabido evidenciar esa contradicción y por lo tanto capitalizar ese descontento.

 

Además del aparato político que se mueve en la esfera del campo popular, el propio gobierno ha desarrollado políticas que apuntan a criminalizar la protesta y estigmatizarla. Esto quiere decir que emplea toda la fuerza que tiene a su alcance para desacreditar cualquier tipo de planteo opositor por izquierda.

 

En conjunto con esta fuerza política, los medios de comunicación difunden y promueven la condena pública a todo sindicato o gremio que se movilice, haga paros o tome otras medidas de lucha. Es así que se muestra al opositor (de izquierda) como un bárbaro, un “ultra”, corporativo, irresponsable, etc.

 

Ser de oposición por izquierda no es fácil, no se ha logrado de-construir la subjetividad de lo que representa el FA para la población y mucho menos posicionarse como una verdadera alternativa política al estado de situación.

 

Este escenario de hegemonía política del FA, por primera vez en doce años está siendo discutido, pero lamentablemente no por la izquierda con vocación transformadora.


Desde hace un tiempo asistimos a un proceso de revitalización ideológica de la derecha, que ha logrado marcar agenda en temas claves de la realidad, como por ejemplo, la inseguridad. La derecha crece ideológicamente y crece con ella, en la sociedad, un sentido común altamente conservador. Este sentido común no es disputado o enfrentado por el gobierno sino que muchas veces es reproducido.

 

A todo esto, el escenario económico no es para nada alentador. Parece ser el fin de las premisas materiales que sostenían el pacto distributivo. Esto implica que tarde o temprano se va tener que aplicar un ajuste que va a recrudecer aún más las condiciones de vida de los trabajadores.
 

Nos colocamos entonces en un escenario en donde hay una gran posibilidad que el descontento social con el gobierno se pueda traducir en la victoria electoral de la derecha tradicional y esto traiga consigo una ofensiva violenta ultra-conservadora como la que se está viviendo en Argentina.

 

Más allá de los factores externos anteriormente mencionados, que presentan verdaderos desafíos a superar, las preguntas que nos deben quitar el sueño son: ¿Por qué la izquierda con vocación pos-capitalista no logra constituirse como una alternativa política real para los trabajadores y el pueblo en general? ¿No es acaso necesario plantearse una verdadera y profunda autocrítica que nos permita poder estar a la altura de las circunstancias? ¿Por qué en un escenario de agotamiento del FA la izquierda no logra dar saltos cualitativos y cuantitativos?

 

Una buena forma de poder ir dando respuesta a esas preguntas puede estar en hacer una caracterización de las carencias que padecemos como izquierda con vocación pos-capitalista.

 

Si bien es cierto que esta izquierda da una batalla titánica diariamente contra las políticas que el gobierno implementa, le falta mucho para poder ser potente y efectiva en su acción.

 

Una de las claves que muestra esta incapacidad política se puede identificar en la hiper-fragmentación que tenemos en esta izquierda. En este sentido hay dos niveles que colaboran con esto. Uno vinculado a cuestiones táctico-estratégicas y otro vinculado a personalismos y prejuicios. Estos dos niveles conjugados convierten al sectarismo en una enfermedad clave que estamos padeciendo. Hay una fuerte predisposición a medir con una especie de “izquierdómetro” (auto asignado) los intervenciones políticas de los demás. Es así que aparecen etiquetas como “puristas”, “posmos”, “reformistas”, “ultras”, “infantiles”, etc. Perdemos tiempo en “corrernos por izquierda” sin darnos cuenta que somos un conjunto de “enanos” impotentes que no logra romper el cerco de la marginalidad.

 

Esta característica no muestra otra cosa que falta de madurez política. Es de urgencia darse cuenta de que lo que se viene es duro y que si no superamos esta inmadurez, el enemigo nos va pasar por arriba.

 

Es preciso comprender que el diagnóstico político del escenario es casi que compartido y que eso en esta etapa nos debe unir mucho más de lo que nos separa.

 

Otro elemento central de la crisis de la que estamos sumergidos como izquierda con vocación pos-capitalista es el de la falta de perspectiva estratégica. Este problemón que padecemos está fuertemente vinculado con la pauperización de la formación teórica. Se hace poco hincapié en el estudio, olvidando que este nos permite hacer una lectura más precisa de la realidad y nos brinda herramientas para una intervención más efectiva; quien erra en el análisis erra en la acción.


La falta de respuesta programática y la carencia de aporte para un programa propio de la clase evidencia que no logramos romper la comodidad de la consigna. Hace falta llenar de contenido las frases hechas, pero también crear otras consignas y demostrar que podemos dar una respuesta real a los problemas que sufrimos como pueblo.

 

Como izquierda que cree efectivamente que otro mundo es posible, nos debemos verdaderos debates, verdaderas instancias de formación (surgidas desde la práctica de luchas concretas comunes) para poder construir un programa potente y transformador.

 

Con respecto a la perspectiva estratégica, la carencia de una hoja de ruta que brinde elementos y visibilice el camino por el cual se debe transitar para la superación del estado de cosas actual nos hunde en un activismo escandaloso. Esta carencia nos posiciona en un lugar de defensiva que puede ser eterno. No se trata sólo de resistir los golpes sino más bien de poder defenderse pasando a la ofensiva.

 

El desarrollo estratégico nos tiene que posibilitar construir mediaciones entre el objetivo finalista (el socialismo) y la realidad concreta. Sin mediaciones no avanzamos, nos quedamos estancados.

 

Otro problema existente, que genera bastante polémica dentro de nuestra izquierda es el de la construcción discursiva y la comunicación. Con respecto a lo discursivo hay una visión dominante que tiende a dicotomizar entre el contenido y la forma. Esta postura sostiene que no decir explícitamente determinadas cosas es atentar contra la firmeza ideológica del discurso. Otros plantean que en la forma está todo, que ahí se juega gran parte del convencimiento, pero en pos de ese discurso se olvidan de colocar aspectos esenciales del por qué y el para qué militamos.

 

El desafío está en ser creativos, construir un discurso potente pero no añejo ni cargado de consignas que para nosotros significan mucho pero para mucha gente no significan nada.  Es clave fortalecer el plano comunicacional, construir una línea argumental en donde la síntesis no sea el punto de partida sino más bien el punto de llegada. En lo que refiere a lo estético (punto también clave) opera con las mismas tensiones que lo discursivo, el vínculo entre el contenido y la forma.
 

Con respecto a nuestras luchas y nuestra historia, debemos necesariamente dejar de hacer apología de la derrota. Nuestro vínculo con el pasado debe estar orientado a rescatar los aspectos que nos ayuden a potenciar nuestra militancia actual, a darnos más herramientas para la acción cotidiana y sobre todo a convencernos de que la victoria es posible.

 

Todo este conjunto de características que no son nuevas, que hace años padecemos y que no logramos superar, son las que ubican a la izquierda con perspectiva revolucionaria en una situación crítica. Estamos en crisis porque no hemos logrado superar estos escollos. Porque la marginalidad e invisibilidad política viene siendo nuestro principal compañero de camino. Y no es solo por la mala prensa y el aparato que opera para que esto se dé. Es también por nuestras propias limitaciones y por nuestros propios errores. Sino entendemos eso, estamos destinados al fracaso. Si no puedo explicarle a mi vecino, en lenguaje que él entienda, la necesidad y posibilidad de superar la situación actual, son escasas las chances. El cambio social no es un asunto “para entendidos”, tiene que aglutinar a las más anchas franjas de pueblo. Debemos sí o sí asumir la changa de superar estos errores, para volvernos actores políticos de peso.

 

Nuestra izquierda debe transformarse indefectiblemente en una izquierda con vocación de masas. Al que no le desvele que seamos pocos, lamentablemente no entendió como se construye una alternativa con los de abajo y está condenado a militar por auto-complacencia.

 

Hay que romperse el coco pensando cómo se hace para llegarle a las miles de personas que nos ven como un bicho extraño, como extraterrestres y convencerlos, invitándolos a la lucha, a que se apropien de un proyecto, de una idea. Estar dispuestos a construir una experiencia de lucha común, que es la única posibilidad real de hacer síntesis política.

 

La respuesta de cómo superar estos nudos problemáticos, jamás puede ser individual. Debe sí o sí ser colectiva. Para eso debemos dejar nuestras diferencias de lado y militar con nuestras coincidencias. Esta tarea es enorme pero es tan urgente que nos tiene que tener a todos peleando para el mismo lado.

 

La izquierda con vocación pos-capitalista es tan diversa que perfectamente podemos hablar de izquierdas. Ni que hablar que existen diferencias, pero hay que aprender a construir con la diversidad, manteniendo un ancho de banda con quienes coloquen al socialismo como horizonte.

 

El desafío está planteado, solo resta recoger el guante.

 

 

 

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