Editorial: Agujeros en la niebla

December 13, 2016

Foto: Federico Murro

 

“Queremos provocar un debate sobre la situación nacional, obligar a pensar sobre ella y reclamar, de quienes están autorizados, que digan su opinión, que a veces se calla, que no siempre llega a tener formulación explícita y que la pereza, la rutina, el escepticismo y otras tantas causas parecidas, impiden que se haga pública (…) Como el movimiento se demuestra andando, iniciamos la marcha. Estamos, nos parece obvio, en una situación de crisis, es decir en época de mutaciones considerables, cuyo acaecimiento puede provocar, tanto la muerte como la salud.

Y al encuentro de esa crisis, que a nadie puede ocultársele, hay que salir (…) Puede también, que el fruto no se compadezca con la semilla que hoy tiramos al azar de los vientos. No importa. Ya será bastante si el debate se inicia, si nuestra actitud obliga a otros, si alcanzamos a hacer un agujero en la niebla. El tiempo de la mentira ha muerto. Es hora de dar cara a la verdad”

 

Carlos Quijano, “Un agujero en la niebla”, enero de 1961

 

 

Las palabras del maestro Quijano parecen escritas hace algunas semanas y, sin embargo, tienen más de 50 años. Es que en general el pensamiento va a la zaga de la realidad. Más cuando el pulso del tiempo histórico se acelera, lo sólido se desvanece en el aire, y ahí quedamos, entre paralizados y desamparados, sin saber en que certezas cobijarnos. Al encuentro de esa incertidumbre nacimos hace sólo siete meses con una convicción que el paso de este breve lapso de tiempo no ha hecho más que confirmar: el desafío intelectual y político de la hora radica en volver a plantear la cuestión político-estratégica.

 

2016 ha sido un año turbulento, y nada indica que 2017 lo será menos. A nivel regional se aceleró el agotamiento de las condiciones que favorecieron la “primavera progresista” y ya no es posible armonizar acumulación de capital con mejoras salariales y políticas sociales. Agotada la ilusión del “todos ganan”, se agudizan las contradicciones. Y en ese río revuelto las derechas han mostrado, hasta ahora, la mayor habilidad. No porque tengan algo nuevo para ofrecer – que no lo tienen – sino porque expresan la necesidad objetiva de las clases dominantes de avanzar sobre las condiciones de vida de los trabajadores, tarea a la que se vuelca todo el aparato del poder realmente existente (ese mismo poder que prácticamente permaneció intacto en la última década). Los leones no son veganos.

 

Las convulsiones regionales no son sino expresión del agravamiento de una crisis que es global. A contrapelo de las promesas y la euforia liberal de los ‘90 – según la cual íbamos a un mundo globalizado, integrado y armónico – los últimos años nos están mostrando el fracaso rotundo de esos espejitos de colores. La crisis está pariendo proteccionismos, xenofobias y derivas reaccionarias que parecían enterradas en el pasado, mientras la socialdemocracia asiste, indolente con sus orejeras tecnocráticas, a su propio entierro como proyecto de armonización del capitalismo.

 

Ante tamaña encrucijada histórica, nuestra tarea resulta marginal. Y sin embargo, desde el obstinado optimismo de la voluntad seguimos convencidos de la posibilidad (y la necesidad) del pensamiento crítico que disperse la niebla y se vuelva fuerza material en las masas. A esa tarea – que nos trasciende – hemos procurado servir en el correr del año que termina, convocando a lo largo de ocho números, cuatro separatas, cuatro mesas redondas y diversas entrevistas audiovisuales, las posiciones, análisis y propuestas de las izquierdas del Uruguay y la región en torno a una diversidad de temáticas y problemas.

 

El desafío sigue siendo levantar la mirada y proponer un registro de pensamiento que nos saque de un estadio de orfandad estratégica que, como señalara el militante y pensador francés Daniel Bensaid, resulta más paralizante que complejizador. Hay que seguir desmalezando el terreno, aprendiendo de lo viejo y de lo nuevo, de aciertos y fracasos, en un movimiento que enfrenta al doble reto de desmenuzar la realidad y colocar desafíos para la acción política.

 

En el Manifiesto inicial con que nos presentamos en nuestro primer número, decíamos: “Nuestra intención es aportar en abonar un terreno que hoy se encuentra insuficientemente desarrollado en la reflexión de la izquierda uruguaya con vocación anticapitalista: el de los debates estratégicos con foco en la realidad nacional. La reflexión teórica y política de largo plazo y, desde allí, la exploración programática para las tareas del presente. Nuestro cometido es el de promover y difundir una reflexión que requiere otros tiempos y miradas diferentes a las que imponen las urgencias y contingencias del acontecer cotidiano. Nuestra vocación es la de convocar a la diversidad del pensamiento de izquierda poscapitalista nacional, en su diversidad ideológica, política y organizativa. Nos reúne la insubordinación ante los asfixiantes márgenes de una realidad naturalizada. La disposición ética e intelectual a contestarlos”.

 

La tarea no ha resultado sencilla. El ruido de la coyuntura, la confusión de nuestro tiempo, y las ocasionales tensiones entre las diversas expresiones que componen el hemisferio de las izquierdas, son factores que dificultan la reflexión de largo aliento en torno a problemas comunes de cara a un programa de pensamiento “fuerte” (es decir, un pensamiento que sin escatimar en complejidad y apertura permanente, apunte al registro de lo estructural, lo sistémico, lo orgánico). No obstante estas dificultades, la tarea de tirar semillas al viento nos ha ido encontrado con compañeras y compañeros que refuerzan nuestras convicciones iniciales. En esa tarea nos reencontraremos en 2017, redoblando compromisos e intentando propinar agujeros a la niebla.

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