Mujeres y cuestión agraria: capitalismo, explotación y patriarcado

 Imagen: "Dos campesinas cosechando papas" (Vincent van Gogh, 1885)

 

Uruguay arriba al siglo XXI con una estructura agraria atravesada por una profunda transformación. Los cambios han supuesto una remoción en las distribuciones de tierra precedentes, radicales procesos de transformación productiva tanto en lo relativo a los sistemas productivos y la intensificación, como en referencia a los rubros producidos. Estas transformaciones han ido de la mano de una fuerte implicación del capital extranjero en el sector, combinando procesos de concentración y extranjerización de la tierra, con la expansión de los capitales foráneos en las cadenas agroindustriales. El nuevo escenario se ha acompañado de un proceso de crecimiento sectorial sostenido superior al de las restantes ramas de la economía nacional, recolocando al agro en el centro del debate público (Piedracueva, 2014).

 

En este escenario, la cuestión agraria se ha actualizado y el debate en torno al desarrollo del capitalismo en el agro y las posibilidades de la producción familiar y las economías domésticas de sobrevivir ha sido fuertemente retomado por la sociología y la antropología rural. Los problemas de convivencia y en especial las posibilidades de las economías domésticas de encontrar estrategias de subsistencia aparecen como ejes de preocupación acumulando producciones entre autores referenciales(1).

 

En pleno siglo XXI este proceso convive con un fuerte empuje de las luchas feministas que han quebrado la hegemonía patriarcal elaborando nuevas miradas interpretativas en torno a la realidad social. Si las lecturas clásicas en torno a la cuestión agraria daban escasa o nula participación al rol de las mujeres en la conformación de la lucha de las economías domésticas, las relecturas y los aportes del feminismo marxista han denunciado la relevancia de evidenciar el carácter patriarcal del capitalismo (Federici, 2004). De modo que una mirada a la cuestión agraria no puede ya presentarse sin poner de manifiesto las condiciones de vida que atraviesan las mujeres en el agro y la existencia de formas de dominación y explotación de las mujeres en el medio rural.

 

En Uruguay, el modo cómo se han asentado las brechas de género en el acceso a los recursos productivos, el empleo y la autonomía económica hacen ineludible un acercamiento crítico a esta realidad. La desigualdad de género y las diferentes formas de sexismo que atraviesan el medio rural deben al unísono interpretarse en el ámbito micro sociológico de las relaciones concretas entre sujetos, y en el del modelo macro social de avance del capitalismo patriarcal sobre las economías domésticas o naturales.

 

El presente artículo sostiene que la destrucción parcial y suficiente de las economías domésticas y específicamente de la producción familiar han dado paso a un proceso de articulación de estas economías con el capitalismo mediante un proceso de subsunción indirecta donde las mujeres se insertan como un grupo explotado en el marco del avance del capitalismo patriarcal en el agro.

 

 

Cuestión agraria y subsunción

 

Luxemburg ([1912] 2011) sostiene que la relación con las economías domésticas o naturales (campesinado, producción familiar) es intrínseca y necesaria al desarrollo imperialista del capitalismo, y Meillasoux (1975) concibe esta relación como articulada y contradictoria donde el capitalismo al mismo tiempo que las destruye, reproduce y se sirve de las economías domésticas. Mediante el concepto de subsunción indirecta(2), entendemos que es factible realizar una mejor comprensión de las relaciones de explotación – reproducción – destrucción de las economías domésticas y de cómo el capitalismo en el agro sólo es posible mediante la explotación del trabajo de las mujeres.

 

En el caso de las economías domésticas en el agro (producción familiar, producción campesina) la subsunción indirecta supone que el campesinado y la producción familiar mantenga la propiedad de los medios de producción, no obstante se dan procesos que permiten al capitalismo extraer plusvalor y modificar las formas como se organiza la producción. En tal sentido, como sostiene Meillassoux el capitalismo mantiene una fracción de las unidades productivas integrándolas al capitalismo y re funcionalizándolas en aras de la valorización y la extracción de plusvalía de sus economías domésticas (Hocsman, 2003).

 

La idea fundamental que subyace a la construcción de la categoría de subsunción indirecta es que no es necesario que la producción se realice en sí en forma capitalista. La venta de los productos en el mercado basta para que exista una captación de excedentes. Cuando la producción generada en el marco de las economías domésticas pasan a ser mercancías orientadas a su venta en el mercado, llevan consigo un excedente de trabajo, un plustrabajo que es apropiado por el capitalismo mediante los términos de intercambio. Como sostiene Federici (2004) ese plustrabajo es posible dado los procesos de explotación de las mujeres por el capitalismo patriarcal en términos de una mirada macro social y en el marco de las relaciones familiares desde una perspectiva micro social.

 

 

Capitalismo, división sexual del trabajo y acceso a recursos

 

Como se ha señalado en el medio rural uruguayo existen fuertes desigualdades de género, es decir, brechas sistemáticas que ubican a las mujeres en peores condiciones de acceso a recursos y ejercicio de derechos. Estas brechas se erigen a partir del proceso de división sexual del trabajo y se sostienen e institucionalizan a través del mercado y el Estado.

 

Las perspectivas marxistas, señalan que la división sexual del trabajo se vuelve relevante como consecuencia de la existencia de un excedente monopolizable. En ese proceso, las diferencias de tareas preexistentes –productivas y reproductivas- marcan diferencias en las posibilidades de adquirir bienestar y dan pie a una primera confrontación de clases e intereses entre hombres y mujeres, ya que el dominio del excedente se torna sistemáticamente masculino –resultado del rol de provisión- y las mujeres quedan estructuralmente relegadas al rol de esposas. Desde esta perspectiva, el proceso de mercantilización del trabajo escindió los ámbitos de lo productivo y lo reproductivo. Este aporte del marxismo a una primera concepción de la división sexual del trabajo supuso el reconocimiento de: (i) una visión no biologicista de la división sexual del trabajo y por ende la posibilidad de evitar el fatalismo de su estabilización; (ii) la noción de transformación posible relacionada a un determinado estado en las relaciones de producción; (iii) la concepción de la división y apropiación desigual entre sexos como un montaje de dominación y opresión, por ende, como una construcción socialmente injusta.

 

Empero estos aportes, se han de destacar como contribuciones superadoras desde el feminismo: (i) el reconocimiento de las intencionalidades y conciencia de los actores en esa escisión, es decir, el beneficio consabido de los hombres en las relaciones jerárquicas y asimétricas que establecen con las mujeres; (ii) la consideración del trabajo dentro del ámbito familiar y doméstico como parte del trabajo socialmente necesario (Molyneux, 1979; Benería 1982; Federici, 2004).

 

Ancladas en los procesos de división sexual del trabajo y en los sesgos patriarcales de las relaciones intra familiares y de las políticas públicas, las brechas de género en el medio rural uruguayo son devastadoras y evidencian procesos de exclusión y explotación.

 

Las mujeres en el país sufren procesos de segregación residencial, según los cuales se concentran en el medio urbano y especialmente se retiran de las explotaciones agropecuarias, principal fuente de ingresos en las poblaciones agrodependientes. De esta forma en Uruguay el 52% de la población son mujeres, mientras en el medio rural las mujeres constituyen el 42% y en las explotaciones agropecuarias el 36% (INE, 2011; DIEA, 2011). Este proceso de emigración de las mujeres se ha identificado que se da durante las trayectorias de pasaje a la vida adulta de las jóvenes y que se asocia con la imposibilidad de desarrollar proyectos de autonomía en las explotaciones agropecuarias, principalmente por no acceso al mercado de empleo y sesgos de género en los procesos de sucesión de la tierra y de la unidad productiva (Peluso y Gallo, 2011). Esta información es consistente con la brecha que existe en el acceso a la tierra.

 

La relevancia de la propiedad de la tierra al interior de las unidades domésticas y de las unidades comunales remite a la posibilidad de tomar decisiones productivas directamente vinculadas a la unidad agropecuaria, así como a incidir en las decisiones generales de la unidad familiar. En el caso de la producción familiar, donde unidad de producción y reproducción se solapan, la relevancia de la titulación y el control de la tierra se incrementan ya que afecta la totalidad de las relaciones. Contrario a lo que suponen algunos modelos económicos y legales, la bibliografía ha mostrado la ausencia de armonía al interior de las unidades familiares. La existencia de diferentes intereses en términos de producción, reproducción e inversión al interior de las familias supone que las mismas constituyen espacios de negociación tanto al interior como hacia el exterior de la unidad doméstica, y espacios de explotación del trabajo de las mujeres (Agarwal, 1999).

 

La forma como las mujeres pueden acceder a tierra en el Uruguay son esencialmente tres, a saber, la compra, la herencia y la designación estatal vía política de tierras. A nivel internacional la literatura especializada señala que la principal vía de acceso a tierra de las mujeres es la herencia, mientras las políticas públicas y la compra directa inciden en menor medida (Deere y León, 1995 y 2000). En el país según el último censo agropecuario las mujeres acceden al 19,7% de las explotaciones agropecuarias y concentran el 11,2% de la tierra (DIEA, 2011), y constatándose sesgos aún mayores en las políticas públicas de acceso a la tierra (Florit, 2014) y en los procesos de herencia y sucesión (Peluso y Gallo, 2011).

 

Este acceso desigual de las mujeres a la tierra no supone sin embargo que aquellas mujeres que se encuentran en las explotaciones agropecuarias no trabajen en ellas. Por el contrario, la evidencia nacional ha puesto de manifiesto que existe un trabajo de producción agropecuaria invisibilizado, de manera que las mujeres asumen trabajo productivo y el reproductivo (DIEA, 2011; Florit, 2013 y 2014). La institucionalización de ese modelo patriarcal en el Estado aparece consagrado a través de la figura de aportes sociales “cónyuge colaboradora” donde las mujeres aparecen con derechos jubilatorios a través de su relación de cónyuge, reconociendo que existe un trabajo que no es remunerado (Santos, 2011). En Uruguay en el año 2011 el 63% de las mujeres que trabajaban en forma permanente en las explotaciones agropecuarias no recibían salario o remuneración (DIEA, 2014 en Florit, 2015).

 

Adicionalmente los estudios nacionales han mostrado que las mujeres acceden en menor medida a las políticas públicas de apoyo a la producción y a la asistencia técnica, y que en este menor acceso inciden las concepciones de la propia asistencia técnica sobre su población destinataria, la concepción explícita de la política frente a la cuestión de género, la inexistencia de garantías y recursos por parte de las mujeres para poder afrontar un crédito o ser concebidas población objetivo para apoyos a la producción, y los sesgos de las propias organizaciones rurales sobre a quiénes incorporar a los grupos de productores/as y a quiénes dar difusión y promover el acceso a convocatorias (Florit, 2013 y 2015).

 

Estas brechas en el acceso a recursos y ejercicio de derechos se acompañan en el caso de la producción agropecuaria de una superposición de la unidad productiva y la unidad reproductiva. En esta particular forma de convivencia de las dos dimensiones del trabajo (el que es para el mercado y el que no lo es), las mujeres vinculadas a la producción asumen en forma sistemática mayores cargas de trabajo reproductivo, en un contexto donde los sustitutos son menores y la carga del trabajo reproductivo es mayor (Batthyány, 2013). Se ha constatado asimismo, que este proceso de asunción de la carga de trabajo reproductivo por parte de las mujeres convive con un rol activo en el espacio de la producción agropecuaria, pero que no se acompaña del reconocimiento (formalización, titulación) de ese trabajo, de modo que el trabajo productivo de las mujeres aparece invisibilizado en la producción agropecuaria (González y Deus, 2011; Florit, 2013).

 

Por su parte, el análisis de las poblaciones rurales residentes en zonas de ruralidad nucleada permite evidenciar que a los sesgos en el acceso a recursos para realizarse como productoras agropecuarias se adicionan sesgos en el mercado de trabajo. En el medio rural las mujeres son apenas el 35% de las personas ocupadas (INE, 2011) de manera que existe un alto porcentaje de mujeres que no cuenta con ningún tipo de ingreso propio. De esta manera las mujeres rurales se ven limitadas en el acceso a ingresos y en la construcción de su autonomía económica ya que se ven tanto excluidas de los medios de producción como de la venta de fuerza de trabajo en el mercado agrícola.

 

Esta dependencia económica ha sido constatada como un eje de control y dominación de las mujeres que se ven altamente limitadas en sus posibilidades de tomar decisiones respecto a la familia, a su situación de pareja, a su trayectoria individual en términos de participación, formación y uso del tiempo libre, así como especialmente se encuentran vulnerables frente a las situaciones de violencia basada en género (González y Deus, 2011). De esta forma se constata cómo el proceso de división sexual del trabajo y su materialización en la ausencia de autonomía económica ubica a las mujeres rurales en situaciones de dominación y de control de sus cuerpos. Situaciones para las que las mujeres rurales organizadas denuncian que no existen formas de protección desde el Estado(3).

 

 

El avance del capitalismo y la explotación de las mujeres

 

Como se introdujera la posición de este artículo se orienta a interpretar la cuestión agraria a través de la articulación/dominación del capitalismo a las economías domésticas, ubicando a la explotación de las mujeres como una clave para el logro del capitalismo agrario. En este sentido, Meillassoux (1975) señala que lejos de destruir las economías domésticas, el capitalismo se sirve de ellas para hacer posible la reproducción de fuerza de trabajo en forma barata. Concibe a las economías domésticas como economías de la alimentación, que se relacionan con el capitalismo en una condición en la cual proveen alimentos y fuerza de trabajo alimentada, donde el avance del capitalismo se desarrolla sobre la base de transferir a las economías domésticas una parte de los costos de reproducción de la fuerza de trabajo que se emplea en las empresas capitalistas. De modo que frente a la existencia de economías domésticas (no plenamente capitalistas) el capitalismo no explota trabajadores libres, sino grupos de producción organizada. De esta forma la remuneración que reciben las familias por su producción o por la fuerza de trabajo vendida en el mercado permite la restitución de los/as trabajadores/as, pero el mantenimiento y el reemplazo (reproducción) son trasladados a las economías domésticas(4).

 

Siguiendo a Federici (2004), sostenemos aquí que esto se vuelve posible a través de la explotación de las mujeres por parte de las organizaciones familiares y las modalidades patriarcales de dominación de las familias rurales. Como se ha visto la división sexual del trabajo aparece como un mecanismo de dominación constitutivo del capitalismo, en el agro este capitalismo patriarcal se perpetra a través de la explotación a la interna de las familias.

 

Como se ha visto, los varones concentran las fuentes de trabajo, siendo las mujeres del medio rural apenas el 35% de las personas ocupadas en ese medio. De esta manera cuando se trata de la venta de fuerza de trabajo libre las empresas capitalistas contratan a los varones. No obstante y como se ha señalado los espacios rurales se soportan sobre un trabajo reproductivo sostenido por las mujeres, de modo que los salarios en el agro permiten la reconstitución de esta fuerza de trabajo y dejan a cargo de la familia el trabajo necesario para el mantenimiento y la reproducción. De esta manera en los contextos en los que los ingresos para la reproducción y el mantenimiento no son generados mediante el salario directo, llegan a las familias rurales mediante salario indirecto asociado a políticas sociales (MEVIR, Asignaciones Familiares), asentadas en el trabajo reproductivo de las mujeres. De modo que el trabajo socialmente necesario para mantener la fuerza de trabajo que el propio capitalismo demanda se sostiene sobre la existencia del trabajo de las mujeres, que contabilizado en el salario indirecto, no aparece como retribución directa ni reconocida.

 

Este mecanismo funciona de manera similar en el caso de las unidades productivas familiares, no obstante el mismo se complejiza. Por una parte la extracción del excedente se da en el pago del precio del producto vendido el cual supone un ingreso menor al equivalente por la cantidad de trabajo realizado. Este menor precio se paga bajo el supuesto de que la unidad familiar se hará cargo de la reproducción de la fuerza de trabajo, siendo la autoexplotación y la producción de alimentos para subsistencia una característica de estas unidades domésticas. Este trabajo familiar de reproducción permite que la familia se sostenga a pesar de recibir bajos ingresos por la venta de sus productos. Como se ha visto, en este proceso de autoexplotación existe una explotación directa del trabajo de las mujeres a través del trabajo agropecuario no remunerado de las mujeres (63%), así como a través del trabajo de cuidado familiar no remunerado ni reconocido.

 

Adicionalmente una fracción de las unidades familiares venden fuerza de trabajo fuera del predio -sea de forma zafral o permanente-, esta característica permite, a su vez, la existencia de un bajo salario por la venta de fuerza de trabajo y un bajo precio por la venta de productos. Este mecanismo sólo es posible si la familia, y en particular las mujeres, asumen el rol de reproducción: generación de alimentos, trabajos domésticos, trabajos de cuidados, etc.

 

De esta manera el capitalismo logra sostenerse mediante la explotación directa del trabajo de asalariados/as y mediante los términos de intercambios de productos, pero asimismo explota a la unidad doméstica en su conjunto y a las mujeres en particular mediante una renta en trabajo(5) no reconocido de las mujeres.

 

De este modo, el no acceso de las mujeres a los empleos, a la tierra, a la producción agropecuaria en condiciones de alta productividad, a los mercados, a la asistencia técnica, las relaciones patriarcales de dominación en la familia y el dominio de los cuerpos constituyen una llave para su mantenimiento como fuerza de trabajo explotada. La expoliación de las mujeres por sus propias familias es una condición necesaria para el capitalismo en su fase expansiva, manteniendo y articulando las economías domésticas para su subsunción. No obstante, los procesos de emigración, las resistencias de las mujeres rurales, su re-organización como mujeres y la creciente salida al mercado laboral emergen como encrucijadas para el capitalismo.

 

 

Notas

 

(1) Véase: Sevilla Guzmán (1986), Van der Ploeg (2007; 2008), Giarraca (2008; 2009), Rubio (1987; 2001) y Azcuy (2011).

 

(2) La noción de subsunción en Marx refiere a las formas como el capital somete a la fuerza de trabajo a efectos de extraer la plusvalía y reproducirse a la vez como modo de producción. Las formas clásicas de subsunción son la formal y la real. En la subsunción formal el capitalismo se expande generando en modos de producción precedentes la generación de plusvalor. En esta forma de subsunción no se modifica la base material de producción sino que se realiza una “plusvalía absoluta” que se logra por la obtención de mayores horas de trabajo que las necesarias para la reproducción (Marx, [1971] 2011). Por su parte, la subsunción real es el proceso de transformación productiva, tecnológica y cultural que estructura toda la vida del trabajador en torno a la producción, donde el capital revoluciona la base productiva, incorporando de forma sistemática una división del trabajo que hace al trabajador pierde todo el control de la producción “máquina de la máquina”, y se desarrolla una nueva forma de plusvalía -plusvalía relativa- donde se obtiene plusvalía mediante la reducción de las horas de trabajo vivo necesarios para la reproducción, a través del uso de tecnologías –trabajo social objetivado- (Marx, [1971] 2011).

 

(3) https://www.youtube.com/watch?v=jpf0UVOxmxg&feature=youtu.be

 

(4) Meillasoux (1975) parte del aporte de Marx en el libro I del capital, donde se sostiene que el valor de la fuerza de trabajo deviene de los costos del sustento o reconstitución, mantenimiento y reemplazo de la fuerza de trabajo, es decir que el valor ha de suponer la reconstitución del trabajador, el mantenimiento en tiempos de desempleo o licencia y la reproducción de sus hijos. No obstante, señala que el salario de los trabajadores está calculado en la práctica sólo para la reconstitución, lo cual genera una paradoja en el capitalismo ya que los otros componentes (mantenimiento y reemplazo) son elementos ineludibles para el modo de producción capitalista.

 

(5) “Según Marx existe renta en trabajo cuando el trabajador comparte su tiempo productivo entre, por una parte, las actividades de autosubsistencia necesarias para su propio sustento y el de sus sustitutos, y, por la otra, las actividades realizadas sin retribución para un tercero” (Meillassoux, [1975] 1982: 157).

 

 

Bibliografía

 

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    * Docente e investigadora del CENUR Litoral Norte – Udelar. Correo: paufloron@gmail.com

     

    **  Docente e investigador del CENUR Litoral Norte – Udelar. Correo: maxipc85@gmail.com

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