Etnografía, estigmas y comprensión: pensar la cárcel en marcos comprensivos

Imagen:  "Las cárceles imaginarias", Giovanni Piranesi.

 

El campo intelectual y periodístico uruguayo es fuertemente analítico. Se analiza, analiza y analiza, las herramientas son diversas pero el ejercicio intelectual es siempre más o menos el mismo: el analista enfoca en un determinado objeto, lo describe, diagnostica y, en base a ello, puede hacer propuestas o no. El analista enfoca en problemas que requieren soluciones. El analista ve al problema y opera sobre él.

 

Entre los objetos más habituales del analista los pobres y los jóvenes tienen un lugar destacado.

 

En general no importa si el analista es científico social o periodista, ya que el análisis se suele basar en aquello que el analista conoce: puede ser una encuesta, la letra de una canción o una película. El analista no tiene como interlocutores más que a otros analistas.

 

Pero frente a tantos análisis y analistas, tal vez se necesite la comprensión como primera medida. En especial en lo que refiere a adolescentes y jóvenes. Se ha dicho que es medio jodido hablar en nombre de otros (lugar de la representación), no sabemos si estamos de acuerdo con esa afirmación pero lo que sí nos resulta jodido es hablar de otros desde ese lugar del analista. De esa forma, más que proceso de conocimiento lo que suele haber es un aporte, más o menos eficaz, a procesos de estigmatización. ¿Es posible comprender a aquellos con los que no se habla? ¿Hay grupos sociales con los que no se pueda hablar? El ejercicio de la etnografía permite ofrecer dos rotundas negativas. No es posible comprender a aquellos con los que no se tiene un proceso de interlocución y no hay grupos sociales con los que no pueda establecerse este proceso.

 

La división social del trabajo intelectual recluye a la etnografía a aquellos ámbitos que por sus dificultades, son impenetrables. La cárcel es un ejemplo de ello. Una suerte de “trabajo sucio” nos interpela en tanto interlocutores de otros tantos sin voz, los hipervisibilizados por los analistas, aquellos que hacen motines que son mostrados en el informativo, esos mismos que se matan entre sí disputándose espacios diminutos de existencia en celdas y patios donde lógicas perversas colocan y devastan sujetos. El muro de la representación escenifica un problema crucial: mientras asumimos la existencia de las cárceles como inevitables, no logramos hacernos cargo de la monstruosa realidad que producen y de cómo, desde distintos ámbitos, no se contribuye a la comprensión de una realidad tan compleja sino que por el contrario, se refuerzan discursos y prácticas estigmatizantes. Todo lo que dentro del perímetro penitenciario sucede no se ve, pero se enuncia desde el análisis y existe en tanto tal, performáticamente, generando una hiperbólica alteridad con su correspondiente efecto de realidad.  Este otro (Persona Privada de Libertad, preso, pichi, delincuente, etc.) sólo logra visibilizarse desde la enunciación en discursos y producciones mediáticas y académicas (en menor medida) que trascienden los muros carcelarios pero que poco saben de aquellos a quienes pretenden expresar.

 

¿Qué hace en definitiva que la definición del problema social y su consiguiente “tratamiento” sea la delincuencia y la inseguridad y no la pobreza consustancial al sistema capitalista lo que hay que abordar? Así la cárcel oficia como “teatro moral” que no sólo oculta la falta de solución al problema sistémico del cual es respuesta, sino que además instituye y retroalimenta la pobreza como problema social mediante la construcción de sentido tendiente a justificar su existencia como reservorio de pobres.

 

El lugar del estigma en la nominación de un otro medido de acuerdo a su peligrosidad posee aquí un lugar primordial, puesto que el estigma fundamenta también una necesidad: la utilización del sistema judicial penal para solucionar problemas sociales, el paradójico combate a la pobreza y a la delincuencia generada por la violencia estructural que el propio Estado gestiona. 

 

La exclusión social está mediada entonces por las representaciones sociales estigmatizantes a cierto grupo social. Jóvenes y pobres son objeto de diversas construcciones discursivas que los constituyen en una población “problema”, y el consenso social en torno a la represión, la separación y el aislamiento de una población considerada peligrosa es síntoma de cómo se gestionó la fractura social y de la adhesión masiva al paradigma que demanda mayor seguridad a través del incremento de penas fundamentalmente.

 

En este marco, el privilegio de la mirada etnográfica está dado principalmente por la posibilidad de comprender y deconstruir, dialogando con el otro, generando una trama conjunta de conocimiento reflexivo. La interlocución es en este caso la posibilidad no sólo de interpretar una realidad sino de comprenderla dialógicamente.

 

¿Cómo nos representamos socialmente al otro que ha quedado del lado de la exclusión? En general, los analistas construyen problemas y soluciones que contienen en sí mismas una representación del otro que acaba justificando su aislamiento, separación o “inclusión” en nuevos planes sociales, pautados por formas de gubernamentalidad signadas por el etiquetamiento basado en el riesgo. 

El sistema penal constituye la legalización y legitimación de la desigualdad, y la protección de la propiedad privada normaliza y naturaliza la apropiación privada de las riquezas generadas colectivamente. En consecuencia, la cárcel es expresión de un problema sistémico, en ningún caso su solución: “La penalización de la pobreza es, en definitiva, el abandono del proyecto de sociedad democrática.” (1) 

 

Frente a las violencias del sistema penal y los esfuerzos inclusivos de precarios programas de atención a poblaciones en riesgo el enfoque etnográfico pondrá su mira en la comprensión de los distintos actores en juego, distintos precarios afectados por la trama violenta de la desigualdad social, procurando mostrar el sentido de las prácticas con miras a la inclusión como agentes de la polis a aquellos que habitualmente son analizados como si fueran cosas.

 

 

* Marcelo Rossal es antropólogo, docente en el CEIL y el Departamento de Antropología Social, integrante del Sistema Nacional de Investigadores.

** Mariana Matto es estudiante de Ciencias Antropológicas en Fhce, Udelar.

 

 

Notas

 

(1) Wacquant, L. (2005). Castigar a los parias urbanos, Oficios Terrestres. Año XI, (N° 17), p. 10

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